lunes, 14 de marzo de 2011

El texto de la segunda carta por Horacio González


Sr. Gustavo Canevaro
Presidente de la Fundación El Libro
Sr. Carlos de Santos
Presidente de la Cámara del Libro
La carta que les escribiera en torno a la presencia del escritor Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro ha recorrido su largo camino matutino en múltiples notas periodísticas y radiales, de las cuales extraigo la idea de que estamos ante un debate complejo en torno a los compromisos literarios y políticos. He percibido que la discusión corre el riesgo de ser presentada como una vía para limitar la palabra de un escritor, que siempre leímos como el buen novelista que es, y cuestionamos como especial promotor de interpretaciones inadecuadas sobre la política y la sociedad argentina. No era aquél su sentido sino el de resguardar la Feria del Libro como ámbito de múltiples voces, procurando que la calidad de las mismas predomine por sobre las inscripciones políticas inmediatistas.
Esta mañana he recibido un llamado de la Sra. Presidenta de la República en el sentido de afirmar la sustancia, la forma y la pertinencia del debate democrático en todos los planos de su significación. En ese sentido me ha pedido, en mi carácter de director de la Biblioteca Nacional, retirar la carta que anteriormente les he enviado, en la que proponía que el Sr. Vargas Llosa diera su conferencia, pero no en carácter de acto de inauguración de la Feria. La Sra. Presidenta me hizo conocer su opinión respecto de que esta discusión no puede dejar la más mínima duda de la vocación de libre expresión de ideas políticas en la Feria del Libro, en las circunstancias que sean y tal como sus autoridades lo hayan definido. Tal como me lo ha expresado, no es concebible la vida literaria y el compromiso con la ensayística social sin un absoluto respeto por la palabra de los escritores –o de cualquier ciudadano–, cualquiera sea su significación o intención. Les escribo comunicándoles este diálogo con la Presidenta en la certeza de que estamos comprometidos en toda discusión que sirva para dar más cualidades a la vida democrática, como este intercambio de cartas también lo certifica.
Atentamente

Horacio González
Director de la Biblioteca Nacional

sábado, 12 de febrero de 2011

Cartas de Charles Darwin a Alfred Russel Wallace


Down, Bromley, Kent, abril 6 de 1859

Mi estimado Sr. Wallace: Esta mañana, he recibido su agradable y amistosa nota del 30 de Noviembre. La primera parte de mi manuscrito está en manos de Murray [editor] para ver si a el le gustaría publicarla. No hay Prefacio, sólo una corta Introducción, que debe ser leída por todos los que lean mi libro. El segundo párrafo de la Introducción he sacado verbatim de mi borrador, y espero que usted notará que he tomado bien en cuenta sus artículos en Linnean Transactions. Usted debe recordar que ahora estoy publicando solamente un resumen, razón por la que no doy referencias. Por cierto, en “Distribución”, haré referencia a su artículo, y he añadido que conozco por correspondencia que la explicación de su ley es la misma que yo estoy ofreciendo. Está en lo correcto: llegué a la conclusión de que la selección era el principio del cambio, a partir del estudio de las especies domesticadas; y luego de leer a Malthus pude ver inmediatamente cómo aplicar este principio. La distribución geográfica y los relatos geográficos sobre habitantes extinguidos y recientes de Sudamérica me llevaron por primera vez a este tema. Especialmente el caso de las islas Galápagos.
Espero entrar en imprenta el mes próximo. Será un pequeño volumen de 500 páginas más o menos. Por cierto, le enviaré un ejemplar.
No recuerdo si le he contado que Hooker, el mejor botánico británico y talvez el mejor del mundo, es un convertido total, y muy pronto publicará su confesión de fe… Huxley ha cambiado y cree en la mutación de las especies: si es un convertido a lo nuestro, no lo sé aún. Mi vecino y excelente naturalista, J. Lubbock, es un converso entusiasta. Conozco, por las noticias de Natural History, que usted está realizando un gran trabajo en el Archipiélago; simpatizo de todo corazón con usted. Por amor de Dios, cuide su salud. Han habido muy pocos nobles trabajadores como usted en la causa de las ciencias naturales.

Adiós, con mis mejores deseos. C. Darwin.

Down, Bromley, Kent, agosto 9 de 1859

Querido Sr. Wallace: He recibo el 7 su carta y su memoria, y las haré llegar mañana a la Linnean Society. Pero debe saber que no habrá reunión hasta comienzos de noviembre. Su artículo se ve admirable en sustancia, estilo y razonamiento, y le agradezco que me haya permitido leerlo. Por cierto, si lo hubiera leido hace algunos meses lo hubiera aprovechado para mi próximo libro. Pero mis dos capítulos sobre el asunto están ya en galeras y, aunque no corregidos, estoy tan cansado y débil de salud, que he resuelto no añadir una palabra más, sólo mejorar el estilo. Así que verá que mis opiniones son casi las mismas que las suyas, y usted puede confiar que ninguna palabra mía será cambiada por cuenta de haber leido sus ideas…

Down, Bromley, Kent, mayo 18 de 1860

Mi querido Sr. Wallace: He recibido esta mañana su carta de Amboyna del 16 de febrero, que contiene algunas acotaciones suyas y la demasiado alta aprobación que hace de mi libro. Su carta me ha agradado mucho, y concuerdo completamente con usted sobre las partes que son más fuertes y las que son más débiles. La imperfección del registro geológico es, como usted lo señala, la más débil de todas; pero estoy contento de encontrar que los “convertidos” geológicos son muchos más que los que siguen otras ramas de la Ciencia Natural. Puedo mencionar a Lyell, Ramsay, Jukes, Keyerling, todos ellos hombres buenos y sinceros. Pictet de Ginebra no es un convertido, pero está tambaleándose evidentemente (como pienso que lo está Bronn de Heildelberg), y ha escrito un comentario muy imparcial en la Bib. Universelle de Ginebra. El viejo Bronn ha traducido muy bien mi libro al alemán, y su renombre ayudará sin duda a su circulación. Pienso que los geólogos se han convertido más que los simples naturalistas porque están más acostumbrados al razonamiento.
Antes de contarle sobre el progreso de opinión sobre el tema, déjeme decirle cómo he admirado la manera generosa con que usted se expresa de mi libro: la mayoría de personas, en su posición, habrían sentido amargos celos y envidia. Qué noblemente libre parece usted de este defecto común de la humanidad. Pero usted habla demasiado modestamente de usted mismo. De haber tenido el tiempo libre que yo tengo, usted habría hecho este trabajo tan bien o talvez mejor que yo.
Y hablando de envidia, usted nunca leerá algo más envidioso y rencoroso que lo de Owen en la Edinburgh Review… Ultimamente, los ataques han sido fuertes e incesantes. Sedgwick y el Profesor Clarke me han atacado salvajemente en la Cambridge Philosophical Society, pero Henslow me defendió bien, aunque no es un convertido. Phillips también me ha atacado en una conferencia en Cambridge; Sir W. Jardine en el Edinburgh New Philosophical Journal; Wollaston en los Annals of Nat. History, A. Murray, ante la Sociedad Real de Edimburgo, Haughton en la Sociedad Geológica de Dublín, Dawson en el Canadian Nat. Magazine, y así muchos más. Pero yo me estoy insensibilizando, y todos estos ataques sólo me tornarán más decidido para pelear. Agassiz me envía educados mensajes personales, pero me ataca sin cesar. En cambio, Asa Gray pelea como un héroe en mi defensa. Lyell se mantiene firme como una torre, y este otoño publicará sobre la historia geológica del hombre, y proclamará luego su conversión, que ahora es universalmente conocida… Y aquí hay una cosa curiosa: un Sr. Pat. Matthews, un escocés, ha publicado en 1830 un trabajo sobre maderas de navegación y arboricultura y, en un apéndice, en media docena de párrafos, da muy clara aunque brevemente, nuestra visión de la selección natural. Es un caso completo de anticipación… También, ayer, escuché a Lyell que un alemán, Dr. Schaffhausen, le ha enviado un folleto publicado hace algunos años, con la misma visión anticipada, aunque yo no he visto aún ese folleto. Mi hermano, que es un hombre muy sagaz, solía decir: “Siempre encontrarás que alguien ha estado allí antes que tú”. Sigo trabajando en mi compromiso mayor, que lo publicaré en volúmenes separados, pero por mala salud, y la multitud de cartas que recibo, estoy avanzando lenta, muy lentamente. Espero no haberle cansado con todos estos detalles.

C. Darwin.

Tomado de: James Marchant, 1916, Alfred Russel Wallace. Letters and reminiscences, 2 vols. Cassell, Londres. También en: Francis Darwin y A. C. Seward, eds., 1903, More letters of Charles Darwin: a record of his work of hitherto unpublished letters. John Murray, Londres [Traducción del Editor].

http://revistas.arqueo-ecuatoriana.ec/es/apachita/apachita-15/164-en-busca-de-conversos-cartas-de-charles-darwin-a-alfred-russel-wallace

Carta de Charles Darwin a Alfred R. Wallace


Febrero, 26 de 1867.

Mi estimado Wallace:

Bates ha estado en lo correcto; tú eres el hombre a quien recurrir ante una dificultad. Nunca escuché nada más ingenioso que tu sugerencia, y espero que puedas probar que es cierta. Es un espléndido caso el de las mariposas blancas; templa la sangre de uno al ver que una teoría está a punto de ser cierta. Respecto a la belleza de las mariposas hembras, debo pensar que se debe a una selección sexual. Hay cierta evidencia que las del tipo Dragón, son atraídas por Las de colores brillantes, pero lo que me lleva a mí a tal conclusión es la existencia de tantas Orthopetras y Cícadas con figuras de instrumentos musicales. Siendo éste el caso, la analogía de los pájaros me hace creer en una selección de sexo con respecto al color de los insectos. Ojalá disponga del tiempo y fuerza de efectuar algunos de los experimentos que me has sugerido, pero no creo poder tener en confinamiento a un par de ellas por cierta dificultad que he escuchado existe en tal caso.

La razón por la cual estoy tan interesado en estos momentos acerca de la selección sexual se debe a que estoy por publicar un pequef’io ensayo acerca del origen de la raza humana y que la selección sexual ha sido el principal agente en formar a las diferentes razas humanas.

Gracias por tu interesante carta. A tu disposición.

Ch. Darwin

viernes, 14 de enero de 2011

Carta abierta al Jefe del Poder Judicial del gobierno de la República Islámica de Irán.

Ayatolá Mohammad Sadeq Larijani,
Jefe del Poder Judicial República Islámica de Irán

7 de diciembre de 2010

Su Señoría:

No hay duda de que usted estará al tanto del resultado del juicio y posterior apelación de la Sra. Fariba Kamalabadi, el Sr. Jamaloddin Khanjani, el Sr. Alif Naimi, el Sr. Saeid Rezaie, la Sra. Mahvash Sabet, el Sr. Behrouz Tavakkoli y el Sr. Vahid Tizfahm —las siete personas que antes de su arresto eran responsables, como miembros del grupo conocido como los Yaran, de administrar los asuntos sociales y espirituales de la comunidad bahá'í iraní.

Las vidas de estos siete bahá'ís representan no sólo las vidas de los bahá'ís de Irán, sino también las de aquellos iraníes con ideales altruistas y corazones nobles pertenecientes a todo credo y clase social. Son verdaderos ciudadanos de esa nación que se han esforzado por dedicarse al servicio de la misma. Sus lugares de origen están repartidos por el país entero —desde la capital hasta Sangsar, Yazd, Abadán, Ardistán, Mashhad y Urmía. Sus edades oscilan entre los treinta y siete y los setenta y siete años. Algunos tienen padres ancianos, y todos tienen hijos; el más joven de ellos tenía sólo nueve años cuando su padre fue arrestado. Sus profesiones también son variadas y consisten en especialista en psicología evolutiva, fundador de la primera fábrica automatizada de ladrillos, gerente de una fábrica textil, ingeniero agrícola, directora de escuela, trabajador social y optometrista. Junto con sus ocupaciones profesionales y responsabilidades familiares, han prestado, de forma puramente voluntaria, un distinguido servicio al pueblo de esa tierra, como, por ejemplo, en el avance de la mujer, en el fomento de la alfabetización entre la población en general del país, y en la provisión de medios de educación para los miles de jóvenes bahá’ís a los que se les ha denegado el acceso a universidades iraníes desde el inicio de la Revolución Islámica.

Convencidos de que no habían cometido ningún delito y ya que no existía prueba alguna para respaldar las acusaciones dirigidas contra ellos, tenían la firme esperanza de que mediante los procedimientos judiciales quedarían absueltos. Lamentablemente, hasta ahora han visto sus esperanzas frustradas, y el trato que han recibido ha violado injustamente toda norma legal y todo principio de justicia y equidad. Como atestigua la historia, siempre que ciudadanos
inocentes son llevados a juicios ficticios, es el sistema judicial mismo y aquellos que ejercen autoridad dentro de éste los que son juzgados ante la mirada pública. El caso de estas siete personas, el cual ha sido seguido desde el principio con interés creciente por parte de iraníes y no iraníes por igual, se ha visto continuamente marcado por violaciones tan atroces de la ley que se ha puesto en duda la adhesión al principio de justicia de un sistema que afirma defender
los valores islámicos.

La flagrante injusticia que representa la sentencia a diez años de cárcel impuesta a estos ciudadanos honrados y respetuosos con la ley nos obliga, como representantes ante Naciones Unidas de ciento ochenta y seis comunidades nacionales bahá’ís, a solicitarle que rectifique este grave error y otorgue a los acusados la justicia que se les ha denegado. Esta petición no sólo procede de sus correligionarios del mundo entero, sino también de Naciones Unidas, de
gobiernos y parlamentarios de diferentes partes del globo, de agencias de la sociedad civil y de humanitarios y pensadores sociales; todos ellos han unido sus voces a las nuestras para pedir la liberación inmediata de estos agraviados.

Las autoridades del Ministerio de Inteligencia, haciendo uso de distintas medidas reprobables (detención ilegal, denegación de acceso a representación legal adecuada y métodos de interrogación que infringen los principios de una conducta civilizada y tienen el propósito de extraer confesiones falsas), las cuales transgreden incluso la ley actual del país, hicieron todos los esfuerzos posibles por formular cargos contra ellos. A pesar de esto, los fiscales finalmente
fueron incapaces de presentar ninguna prueba convincente a favor de sus acusaciones. En lugar de ello, pusieron de manifiesto las viles conspiraciones de ciertas autoridades, así como la conducta inhumana y los móviles siniestros de los interrogadores. De hecho, lo que queda ahora claramente visible para todos es la voluntad de las autoridades de pisotear los principios mismos de justicia que son responsables de defender en nombre del pueblo de Irán.

El juicio mismo estaba tan carente de la imparcialidad que debe caracterizar las diligencias judiciales que el proceso resultó ser una auténtica farsa. Los acusados, seguros de su propia inocencia y sin nada que ocultar, pidieron una audiencia pública. Cabría preguntar entonces, ¿cuál fue la razón por la que el juez declaró los procedimientos "abiertos y públicos" y, sin embargo, rechazó la petición de asistencia de observadores, entre ellos representantes de misiones diplomáticas? ¿Por qué se dificultó tanto la asistencia de las familias de los acusados al juicio? ¿Por qué los periodistas fueron excluidos y se permitió la presencia activa de cámaras del gobierno? ¿Cuál fue el motivo para permitir la presencia amenazadora de agentes del Ministerio de Inteligencia a lo largo del juicio? ¿Cómo es que el veredicto emitido por los jueces pudiera tildar la religión de los acusados de "secta descaminada"? ¿No es ésta una señal clara de que el tribunal ha violado el principio legal de neutralidad? La conclusión evidente es que tales acciones han sido motivadas por un prejuicio ciego y por odio contra la comunidad bahá’í a raíz de sus creencias religiosas. ¿Cómo puede construirse una sociedad justa o un mundo justo sobre los cimientos de la opresión irracional y la denegación sistemática a una minoría de sus derechos humanos fundamentales? Todo lo que su país abiertamente defiende en la escena mundial se contradice con el trato que su propio pueblo recibe en su tierra.

El fallo que el tribunal de apelaciones dictaminó el 12 de septiembre de 2010 anuló el veredicto del tribunal de primera instancia relativo a los cargos de espionaje, colaboración con el Estado de Israel y proporción de documentos confidenciales a extranjeros con el propósito de minar la seguridad del Estado. Aquel tribunal de primera instancia ya había hallado a los acusados no culpables de los cargos de “manchar la reputación de la República Islámica de Irán
en la escena internacional” y de “propagar la corrupción en la tierra”. Por tanto, lo que quedó del caso fueron los cargos relativos a las actividades llevadas a cabo por estos siete creyentes responsables de administrar los asuntos sociales y espirituales de la comunidad bahá’í de Irán. Mientras tanto, los jueces, bien conscientes de que no había prueba alguna para sustanciar las acusaciones de haber actuado contra los intereses de Irán y sus ciudadanos, se vieron presionados por las autoridades empeñadas en declararles culpables. Como consecuencia, el poder judicial decidió esencialmente tergiversar y presentar como ilegales las creencias religiosas de los acusados y su servicio prestado a la comunidad bahá’í —un servicio desinteresado que sus compañeros bahá’ís iraníes calurosamente agradecían y apreciaban.
Como resultado, cada uno de ellos fue condenado a diez años de prisión. Esta sentencia ha sido firmemente denunciada no sólo por los acusados mismos, sus familias y la Comunidad Internacional Bahá'í, sino también por defensores de la justicia de Irán y de todo el mundo.

Dado que durante los últimos veinte años el gobierno de la República Islámica de Irán ha sido plenamente consciente del trabajo de estas personas en la administración de los asuntos de la comunidad bahá'í, acusarles ahora de actividades ilegales es tan carente de fundamento e injusto como inexplicable. Nuestra carta abierta de fecha 4 de marzo de 2009 dirigida al Fiscal General de la República Islámica de Irán establecía en detalle el carácter espurio de los cargos
presentados contra los Yaran, y le remitimos a ella para su consideración. Una lectura objetiva de dicha carta confirmará que no hay prueba alguna sobre la que la República Islámica se pueda apoyar para afirmar que los bahá'ís de Irán, entre los que se encuentran estos siete creyentes, representan la más mínima amenaza para el orden público o el bienestar de esa tierra.

No existe ni una sola prueba que respalde la acusación de que estos bahá'ís pretendíanponer en peligro la seguridad nacional, participar en actividades subversivas o hacer propaganda contra el régimen, cargos que los acusados mismos han denegado categóricamente. Tales acusaciones no se corresponden en absoluto con el historial sobresaliente de los bahá'ís de Irán y de todo el mundo, quienes consideran el servicio a su tierra natal y a la humanidad como una obligación moral ineludible; ni tampoco concuerdan en absoluto con las enseñanzas bahá’ís, las cuales indican que

“en todo país donde resida algún miembro de este pueblo deberá comportarse para con el Gobierno de ese país con lealtad, honestidad y veracidad”.

El enfoque adoptado por el poder judicial y las acusaciones impuestas contra estas personas constituyen, una vez más, una violación evidente de la libertad de conciencia y de creencia de los ciudadanos iraníes, e infringen de forma descarada el artículo 14 de la Constitución iraní, el cual estipula:

“De acuerdo con el versículo sagrado ‘Dios no os prohíbe que tratéis con amabilidad y equidad a quienes no han combatido contra vosotros por causa de la religión, ni os han expulsado de vuestros hogares’ [60:8], el gobierno de la República de Irán y todos los musulmanes tienen la obligación de tratar a los no musulmanes con amabilidad, en conformidad con los principios de justicia y equidad islámica, y de respetar sus derechos humanos”.

Estos siete presos, los cuales atraviesan ahora el tercer año de lo que recibe, desvergonzadamente, el nombre de detención “provisional”, han sido sujetos a todo tipo de humillaciones y violaciones de sus derechos fundamentales. Su gran determinación y su carácter gentil ante las tribulaciones que han sido obligados a soportar contrastan con la brutalidad de sus opresores, y dan fe de su longanimidad y pureza de intención. Ésta es una verdad que el noble pueblo de Irán puede ver ahora. Los informes que hemos recibido indican que compañeros reclusos admiran su conducta y comportamiento, les ven como luces de esperanza y fuentes de consuelo y desahogo, buscan fortaleza a través de su sabiduría y les consideran como símbolos del espíritu libre y corazón sincero que caracteriza al pueblo de Irán.

Su Señoría, le preguntamos:
 ¿qué propósito cumple el intento de extinguir estos atributos morales y cualidades espirituales?.
 ¿Son esos actos de opresión fieles a los principios ensalzados por el profeta Muhammad (la paz sea con Él)?.
 Sin duda en la prisión de Gohardasht hay otros reclusos inocentes.
 ¿Cómo puede permitir que se someta a persona alguna al terrible estado de suciedad, pestilencia y enfermedades de esa prisión, y a la privación de instalaciones de higiene personal básica?. Esas condiciones detestables y degradantes son indignas incluso para el más peligroso de los criminales.
 ¿Cree el gobierno de Irán que los principios de compasión y justicia islámica están en conformidad con las imposiciones de dichas circunstancias sobre los ciudadanos?.
 ¿Por qué se ignora la apremiante necesidad de los prisioneros de cuidados y tratamiento médico?.
 ¿Quién será llamado a rendir cuentas si la salud de alguno de estos siete creyentes se agrava?.
 ¿Por qué no se les proporciona a estas personas inocentes una alimentación adecuada y por qué están confinadas en celdas de espacio tan reducido que les resulta difícil tumbarse o incluso ofrecer sus oraciones diarias?.
 ¿Por qué el poder judicial les ha privado cruelmente de su derecho de disfrutar de un permiso carcelario?.
 ¿No pretenden todas estas privaciones quebrantar su ánimo y el de los demás bahá'ís de Irán?.
Considere cómo se está forzando constantemente a los miembros de la comunidad bahá'í a soportar calumnias sobre sus creencias y la tergiversación de su historia en los medios de comunicación respaldados por el gobierno;
a aguantar provocaciones en las calles, provenientes de los púlpitos y con el apoyo de ciertas autoridades, que incitan odio contra ellos;
a sufrir encarcelamiento ilegal;
a verse privados de acceso a una educación superior y a los medios para ganarse la vida;
a que sus hijos sufran abusos y sean el blanco del desprecio en las escuelas, y a ser testigos de la destrucción de sus propiedades
y la profanación de sus cementerios con el apoyo y aprobación de las autoridades del gobierno.

Y aún así, ¿qué resultados han producido esos empeños?.
La respuesta de los bahá'ís de Irán a la persecución que han sufrido durante las últimas décadas les ha convertido, a ojos de la población iraní, en personificaciones del apego inquebrantable al principio espiritual y de la resistencia constructiva ante la opresión. Lo que es más, esto ha contribuido a elevar el deseo de la población de conocer las verdades de su Fe.

En enero de 2010, la Casa Universal de Justicia, el órgano internacional de gobierno de la Fe bahá’í , apuntó en un mensaje dirigido a los bahá’ís de Irán que cuando aquellos que tienen un puesto de autoridad conspiran contra ciudadanos inocentes, a la larga, sus acciones minan su propia credibilidad.
Asimismo, en nuestra carta del 4 de marzo de 2009 dirigida al Fiscal General de la República Islámica, señalamos que las decisiones del poder judicial iraní con respecto a los bahá'ís tendrán repercusiones que irán más allá de la comunidad bahá'í de ese país y afectarán a la libertad de conciencia de todos sus ciudadanos. Albergábamos la esperanza de que, por el bien del honor y reputación de Irán, el poder judicial procuraría ser justo en su sentencia.

Los bahá'ís no son "otros" en su país; son una parte inseparable de la nación iraní.
Las injusticias perpetradas contra ellos son un reflejo de la terrible opresión que ha envuelto a la nación.
En este momento, el que respetase los derechos de los bahá'ís iraníes sería una señal de su voluntad de respetar los derechos de todos los ciudadanos de su país. Enmendar las injusticias que los bahá'ís han sufrido haría renacer, en los corazones de todos los iraníes, la esperanza de que usted está dispuesto a garantizar la justicia para todos.
Nuestro llamamiento, por tanto, es un llamamiento a favor del respeto de los derechos de todo el pueblo iraní.

Con corazones llenos de amor por Irán y del ardiente deseo de contemplar la exaltación y glorificación de esa tierra,
le exhortamos que, como Jefe del Poder Judicial, libere de la prisión a los antiguos miembros de los Yaran y, junto con ellos, a todos los bahá’ís que están encarcelados en todo el país.
Entre ellos se encuentra la Srta. Haleh Rouhi, la Srta. Raha Sabet y el Sr. Sasan Taqva, los tres jóvenes bahá'ís que
han comenzado su cuarto año de encarcelamiento en Shiraz acusados por el crimen de ayudar a niños pobres a aprender a leer y escribir.
De la misma manera, pedimos que se les conceda a los bahá'ís de ese país sus plenos derechos de ciudadanía para que puedan cumplir con su ferviente deseo de contribuir, junto con sus conciudadanos, al progreso de su nación.
Esto no es nada más de lo que usted exige legítimamente para las minorías musulmanas que residen en otros países.
Los bahá’ís simplemente piden el mismo trato por su parte.

Respetuosamente,

Comunidad International Bahá'í


cc: Misión Permanente de la República Islámica de Irán ante Naciones Unidas.

jueves, 13 de enero de 2011

Carta de Albert Einstein a Sigmund Freud


Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932

Estimado profesor Freud:

La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso.
Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera siempre de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncias dichos veredictos) en tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: el logra de seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.
El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales esfuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional. Este hambre de poder político suele medrar gracias a las actividades de otro grupo guiado por aspiraciones puramente mercenarias, económicas. Pienso especialmente en este pequeño pero resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de individuos que, indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada más que una ocasión para favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.
Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que han elegido la guerra como profesión en la creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la raza y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa.) Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento.
Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos lograr despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que estamos considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones humanas puede resolver.
Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las llamadas “masas iletradas”. La experiencia prueba que es más bien la llamada “intelectualidad” la más proclive a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al desnudo, sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa.
Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las guerras entre naciones, a lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o, también, en la persecución de las minorías raciales.) No obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y extravagante de conflicto entre los hombres ha sido deliberada, pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir la manera y los medios de tornar imposibles todos los conflictos armados.
Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.

Muy atentamente,
Albert Einstein

Respuesta de Sigmund Freud a Albert Einstein.


Viena, setiembre de 1932

Estimado profesor Einstein:

Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados.
Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas.
Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial.
Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.
Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.
Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros.
Es fácil mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.
Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una complicación tardía.
Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza.
Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante.
Es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.
He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «L’union fait la force».
La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad.
Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término.
La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.
En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.
Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones.
Las circunstancias son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura.
Pero semejante estado de reposo {Ruhezustand} es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo.
En primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho.
Esta última corriente se vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho.
Además, hay otra fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.
Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de soluciones pacíficas.
Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra.
Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden de derecho zanjaba los conflictos.
Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras.
Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.
Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses.
Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan.
Por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes ideales.
Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de comunidad entre los miembros.
Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival.
Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria.
Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia.
Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo.
Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?
Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción.
Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted.
Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla.
Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.
Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera.
Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles {Bewegungsgründe} por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, “pan-panfama” o “fama-famapan”».
Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie ¿le motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad.
El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas cosas son posibles.
Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada.
Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan {repräsentieren} los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares.
El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro.
Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos.
Es preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?
De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión.
Difícil me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores.
Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.
Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsíón de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra.
Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».
Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.
Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas heterónomas.
No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado {Staatsgewalt} y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las ligazones de sentimiento entre ellos (ver nota). Pero con muchísima probabilidad es una esperanza utópica.
Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.
Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica.
Que no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal entre los hombres.
Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invitado.
Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos.
Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización».)
A este proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles.
Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura.
Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar (ver nota).
Las alteraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos.
Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más.
La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.
¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo.
Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra (ver nota).
Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.

Sigmund Freud

domingo, 2 de enero de 2011

Edicto de expulsión.


En el día de hoy, martes primero del mes de mayo del año del nacimiento de Nuestro Salvador, Jesucristo, de mil cuatrocientos noventa y dos, nos es mandado pregonar este Edicto por orden de nuestros Reyes, que dice así:
Don Fernando é doña Isabel, por la gracia de Dios rey é reyna de Castilla, de Leon, de Aragon, de Siçilia, de Granada, de Toledo, de Valençia, de Galicia, de Mallorca, de Seuilla, de Çerdeña, de Córcega, de Murçia, de Jahen, de los Algarves, de Algeçiras, de Gibraltar, de las islas de Canaria, conde é condesa de Barçelona é Señores de Vizcaya, é de Molina, duques de Athenas é de Neopátria, condes de Ruisellon é de Çerdeña, marqueses de Oristan é de Goçiano é a los infantes, prelados, duques, marqueses, condes, maestres de las Ordenas, pares, ricos-homes, comendadores, alcaydes de los castilos de los nuestros reynos é señoríos é á los Consejos, corregidores, alcaldes, alguaciles é a las aljamias de los judíos dellas é á todos los judíos é personas singulares porque Nos fuimos informados que hay en nuestros reynos é avia algunos malos cristianos que judaizaban de nuestra Sancta Fée Católica, de lo qual era mucha culpa la comunicaçion de los judíos con los cristianos é otrosi ovimos procurado é dado órden como se fiçiese Inquisiçion en los nuestros reynos é señoríos, la cual como sabeis, ha mas de doçe años que se ha fecho é façe, é por ella se an fallado muchos culpantes, segund es notorio, e segun somos informados de los inquisidores é de muchas personas religiosas, eclesiásticas é seglares; é consta é paresçe ser tanto el daño que á los cristianos se sigue é ha seguido de la participaçion, conversaçion ó comunicaçion, que han tenido é tienen con los judíos, los cuales se preçian que procuran siempre, por cuantas vias é maneras pueden, de subvertir de Nuestra Fée Católica á los fieles instruyéndolos en las creençias é ceremonias de su ley, persuadiéndoles que tengan é guarden quanto pudieren la ley de Moysen; façiéndoles entender que no hay otra ley, nin verdad, sinón aquella: lo cual todo costa por muchos dichos é confesiones, asi de los mismos judíos como de los que fueron engañados é pervertidos por ellos; lo cual ha redundado en gran daño é detrimento é oprobio de nuestra Sancta Fée Católica. Porque cuando algun grave é detestable crímen es cometido por algund colegio ó Universidad, es razón que tal colegio ó Universidad sean disueltos é aniquilados, é los mayores por los menores é los unos por los otros punidos; é que aquellos que pervierten el buen é honesto vivir de las çibdades é villas é por contagio pueden dañar a los otros por el mayor de los crímenes é más peligroso é contagioso, como lo es este:
Por ende Nos en consejo é parecer de algunos perlados é grandes é caballeros de nuestros reynos é de otras personas de çiençia é conçiençia de nuestro Consejo, aviendo avido sobre ello mucha deliberaçion, acordamos de mandar salir á todos los judíos de nuestros reynos, que jamas tornen ni vuelvan á ellos que fasta en fin deste mes de Julio, primero que viene deste presente año, salgan con sus fijos é fijas é criados é criadas é familiares judíos, así grandes como pequeños so pena que, si lo non fiçieren é cumplieren asi, é fueren fallados estar en los dichos nuestros reynos é señoríos ó venir á ellos en qualquier manera, incurran en pena de muerte é confiscaçión de todos sus bienes, para la nuestra Cámara é fisco para que durante el dicho tiempo fasta el dicho dia, final del dicho mes de Julio, puedan andar é estar seguros, é puedan vender é trocar é enagenar todos sus bienes muebles é raices, é disponer libremente á su voluntad; é que durante el dicho tiempo non les seya fecho mal nin daño nin desaguisado alguno en sus personas, ni en sus bienes contra justiçia. É assi mismo damos liçençia é facultad á los dichos judíos é judías que puedan sacar fuera de los dichos nuestros reynos é señoríos sus bienes é façiendas por mar é por tierra, en tanto que non seya oro nin plata, nin moneda amonedada, nin las otras cosas vedades por las leyes de nuestros reynos.
Dada en la çibdad de Granada, treynta e uno del mes de Marzo, año del Nasçimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quatroçientos é noventa é dos. Yo el Rey. Yo la Reyna, Yo Juan de Coloma, secretario del rey de la Reyna, nuestros señores, la fiçe escribir por su mandado.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Carta de Adolf Hitler a Delmer.


Su solicitud para publicar mis opiniones sobre la actual crisis en Inglaterra es un honor para mí. Pero me temo que tal vez una parte del público Inglés podría considerar presuntuoso si yo, como alemán, presento mis puntos de vista en un periódico Inglés, lo que podría, a mi entender, ser visto como una crítica de los métodos políticos y tradicionales, que sin duda han sido vistos hasta ahora como el derecho de una parte importante del pueblo Inglés. Yo espero, y a buen seguro que lo hará, que de esta crisis el pueblo inglés se levantará y así lo estimo. Sería feliz puesto que favorecería, si se logra, el desarrollo de una relación cálida entre los pueblos alemán e inglés que mi movimiento anhela que sea una realidad. Creo que la crisis que ocurre en la actualidad sólo puede resolverse mediante una estrecha cooperación política de nuestras naciones, que aporten su grano de arena al equilibrio europeo, natural, como requisito previo a dar el corazón al resto del mundo que sufre como nosotros...

Me gustaría que otra vez aceptase mi declinación de su honorable petición.

Atentamente

(Firmado)
Adolf Hitler


lunes, 20 de diciembre de 2010

Carta Abierta de Julio Cortázar a Glenda





Clarín 08/10/81

Querida Glenda, esta carta no le será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y el correo. Será más bien como si la pusiera en una botella y la dejara caer a las aguas de la bahía de San Francisco en cuyo borde, se alza la casa desde donde le escribo, como si la atara al cuello de una de las gaviotas que pasan como latigazos de sombra frente a mi ventana y oscurecen por un instante el teclado de esta máquina. Pero una carta de todos modos dirigida a usted, a Glenda Jackson, en alguna parte del mundo que probablemente seguirá siendo Londres; como muchas cartas, como muchos relatos, también hay mensajes que son botellas al mar y entran en esos lentos, prodigiosos sea-changer que Shakespeare cinceló en La Tempestad y que amigos inconsolables inscribirían tanto tiempo después en la lápida bajo la cual duerme el corazón de Percy Bysahe Shelley en el cementerio de Cayo Sextio, en Roma.
Es así, pienso, que se operan las comunicaciones profundas, lentas botellas errando en lentos mares, tal como lentamente se abrirá camino esta carta que la busca a usted con su verdadero nombre, no ya la Glenda Garson que también era usted, pero que el pudor y el cariño cambiaron sin cambiarla, exactamente como usted cambia sin cambiar de una película a otra. Le escribo a esa mujer que respira bajo tantas máscaras, inclusa la que yo inventé para no ofenderla y le escribo porque también usted se ha comunicado ahora conmigo debajo de mis máscaras de escritor; por eso nos hemos ganado el derecho de hablarnos así, ahora que sin la más mínima posibilidad imaginable acaba de llegarme su respuesta, su propia botella al mar rompiéndose en las rocas de esta bahía para llenarme de delicia en la que por debajo late algo como el miedo, un miedo que no acalla la delicia, que la vuelve pánica, la sitúa fuera de toda carne y de todo tiempo como usted y yo sin duda lo hemos querido cada uno a su manera.
No es fácil escribirle esto porque usted no sabe nada de Glenda Garson, pero a la vez las cosas ocurren como si yo tuviera que explicar inútilmente algo que de algún modo es la razón de su respuesta; todo ocurre como en planos diferentes, en una duplicación que vuelve absurdo cualquier procedimiento ordinario de contacto; estamos escribiendo o actuando para terceros, no para nosotros, y por eso esta carta toma la forma de un texto que será leído por terceros y acaso jamás por usted, o tal vez por usted pero solo en algún lejano día, de la misma manera que su respuesta ya ha sido conocida por terceros mientras que yo acabo de recibirla hace apenas tres días y por un mero azar de viaje. Creo que si las cosas ocurren así, de nada serviría intentar un contacto directo; creo que la única posibilidad de decirle esto es dirigiéndole una vez más a quienes van a leerlo como literatura, un relato dentro de otro, una coda o algo que parecía destinado a terminar con ese perfecto cierre definitivo que para mi deben tener los buenos relatos. Y si rompo la norma, si a mi manera le estoy escribiendo este mensaje, usted que acaso no lo leerá jamás es la que me está obligando, la que tal vez me está pidiendo que se lo escriba.
Conozca, entonces, lo que no podía conocer y sin embargo conoce. Hace exactamente dos semanas que Guillermo, Shavelson, mi editor en México, me entregó los primeros ejemplares de un libro de cuentos que escribí a lo largo de estos últimos tiempos y que lleva el título de uno de ellos, Queremos tanto a Glenda. Cuentos en español, por supuesto, y que sólo serán traducidos a otras lenguas en los próximos años, cuentos que esta semana empiezan apenas a circular en México y que usted no ha podido leer en Londres, donde por lo demás casi no se me lee y mucho menos en español. Tengo que hablarle de uno de ellos sintiendo al mismo tiempo, y en eso reside el ambiguo horror que anda por todo esto, lo inútil de hacerlo, porque usted, de una manera que solo el relato mismo puede insinuar, lo conoce ya; contra todas las razones, contra la razón misma, la respuesta que acabo de recibir me lo prueba y, me obliga a hacer lo que estoy haciendo frente al absurdo, si esto es absurdo, Glenda, y yo creo que no lo es aunque ni usted ni yo podamos saber lo que es.
Usted recordará entonces, aunque no puede recordar algo que nunca ha leído, algo cuyas páginas tienen todavía la humedad de la tinta de imprenta, que en ese relato se habla de un grupo de amigos de Buenos Aires que comparten, desde una furtiva fraternidad de club, el cariño y la admiración que sienten por usted, por esa actriz que el relato llama Glenda Garson, pero cuya carrera teatral y cinematográfica está indicada con la claridad suficiente para que cualquiera que lo merezca pueda reconocerla. El relato es muy simple: los amigos quieren tanto a Glenda que no pueden tolerar el escándalo de que algunas estén por debajo de la perfección que todo gran amor postula y necesita, y que la mediocridad de ciertos directores enturbie lo que sin duda usted había buscado mientras las filmaba. Como toda narración que propone una catarsis, que culmina en un sacrificio lustral, éste se permite transgredir la verosimilitud en busca de una verdad más honda y más última; así, el club hace lo necesario para apropiarse de las copias de las películas menos perfectas y las modifica allí donde una mera supresión o un cambio apenas perceptible en el montaje repararán las imperdonables torpezas originales. Supongo que usted, como ellos, no se preocupa por las despreciables imposibilidades prácticas de una operación que el relato describe sin detalles farragosos; simplemente la fidelidad y el dinero hacen lo suyo, y un día el club puede dar por terminada la tarea y entrar en el séptimo día de la felicidad. Sobre todo de la felicidad porque en ese momento usted anuncia su retiro del teatro y del cine, clausurando y perfeccionando sin saberlo una labor que la reiteración y el tiempo hubieran terminado por mancillar.
Sin saberlo... Ah, yo soy el autor del cuento, Glenda, pero ahora ya no puedo afirmar lo que me parecía tan claro al escribirlo. Ahora me ha llegado su respuesta, y algo que nada tiene que ver con la razón me obliga a reconocer que el retiro de Glenda Garson tenía algo de extraño, casi de forzado, así, al término justo de la tarea del ignoto y lejano club. Pero sigo contándole el cuento aunque ahora su final me parezca horrible puesto que tengo que contárselo a usted, y es imposible no hacerlo puesto que está en el cuento, puesto que todos lo están sabiendo en México desde hace diez días y sobre todo porque usted también lo sabe. Simplemente, un año más tarde Glenda Garson decide retornar al cine, y los amigos del club leen la noticia con la abrumadora certidumbre de que ya no les será posible repetir un proceso que sienten clausurado, definitivo. Solo les queda una manera de defender la perfección, el ápice de la dicha tan duramente alcanzada. Glenda Clarson no alcanzará a filmar la película anunciada, el club 'hará lo necesario y para siempre.
Todo esto, usted lo ve, es un cuento dentro de un libro, con algunos ribetes de fantástico o de insólito, coincide con la atmósfera de los otros relatos de ese volumen que mi editor me entregó la víspera de mi partida de México. Que el libro lleve ese título se debe simplemente a que ninguno de otros cuentos tenía para mí esa resonancia un poco nostálgica y enamorada que su nombre y su imagen despiertan en mi vida desde que una tarde, en el Aldwych Theater de Londres, la vi fustigar con el sedoso látigo de sus cabellos el torso, desnudo del marqués de Sade; imposible saber, cuando elegí ese título para el libro que de alguna manera estaba separando el relato del resto y poniendo toda su carga en la cubierta, tal como ahora en su última película que acabo de ver hace tres días aquí en San Francisco, alguien ha elegido un título, Hopscotch, alguien que sabe que esa palabra se traduce por Rayuela en español. Las botellas han llegado ha destino, Glenda, pero el mar en el que derivaron no es el mar de los navíos y de los albatros.
Todo se dio en un segundo, pensé irónicamente que habla venido a San Francisco para hacer un cursillo con estudiantes de Berkeley y que íbamos a divertirnos ante la coincidencia del titulo de esa película y el de la novela que seria uno de los temas de trabajo. Entonces, Glenda, vi la fotografía de la protagonista y por primera vez fue el miedo. Haber llegado de México trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar su nombre en una película que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía ya como una bonita jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así; pero eso no era todo, eso no era nada hasta que la botella se hizo pedazos en la oscuridad de la sala y conocí la respuesta, digo respuesta porque no puedo ni quiero creer que sea una venganza.
No es una venganza si no un llamado al margen de todo lo admisible, una invitación a un viaje que solo puede cumplirse en territorios fuera de todo territorio. La película, desde ya puede decir que despreciable se basa en una novela de espionaje que nada tiene que ver con usted o conmigo, Glenda, y precisamente por eso sentí que detrás de esa trama más bien estúpida y cómodamente vulgar se agazapaba otra cosa, impensablemente otra cosa puesto que usted no podía tener nada que decirme y a la vez sí, porque ahora usted era Glenda Jackson y, si había aceptado filmar una película con ese título, yo no podía dejar de sentir que lo había hecho desde Glenda Garson, desde los umbrales de esa historia en la que yo la habla llamado as!. Y que la película no tuviera nada que ver con eso, que fuera una comedia de espionaje apenas divertida, me forzaba a pensar en lo obvio, en esas cifras o escrituras secretas que en una página de cualquier periódico o libro previamente con venidos remiten a las palabras que transmitirán el mensaje para quien conozca la clave. Y era así, Glenda, era exactamente así. ¿Necesito probárselo cuando la autora del mensaje está más allá de toda prueba? Si lo digo es para los terceros que van a leer mi relato y ver su película, para lectores y espectadores que serán los ingenuos puentes de nuestros mensajes: un cuento que acaba de editarse, una película que acaba de salir, y Ahora esta carta que casi indeciblemente los contiene y los clausura.
Abreviaré un resumen que poco nos interesa ya. En la película usted ama a un espía que se ha puesto a escribir un libro llamado Hopscotch a fin de denunciar los sucios tráficos de la CIA, del F.B.I. y del K.G.B., amables oficinas para las que ha trabajado y que ahora se esfuerzan por eliminarlo. Con una lealtad que se alimenta de ternura usted lo ayudará a fraguar el accidente que ha de darlo por muerto frente a sus enemigos; la paz y la seguridad los esperan luego en algún rincón del mundo. Su amigo publica Hopscotch, que aunque no es mi novela deberá llamarse obligadamente Rayuela cuando algún editor de "best sellers" la publique en español. Una imagen hacía el final de la película muestra ejemplares del libro en una vitrina, tal como la edición de mi novela debió estar en algunas vitrinas norteamericanas cuando Pantheon Books la editó hace años. En el cuento que acaba de salir en México yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscotch. Usted como siempre es joven y bella en la película, y su amigo es viejo y escritor como yo. Con mis compañeros del club entendí que solo en la desaparición de Glenda Garson se fijaría para siempre la perfección de nuestro amor; usted supo también que su amor exigía la desaparición para cumplirse a salvo. Ahora, al término de esto que he escrito con el vago horror de algo igualmente vago, sé de sobra que en su mensaje no hay venganza sino una incalculablemente hermosa simetría, que el personaje de mi relato acaba de reunirse con el personaje de su película porque usted lo ha querido así, porque solo ese doble simulacro de muerte por amor podía acercarlos. Allí, en ese territorio fuera de toda brújula, usted y yo estamos mirándonos, Glenda, mientras yo aquí termino esta carta y usted en algún lado, pienso que en Londres, se maquilla para entrar en escena o estudia el papel para su próxima película.

Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik


París, 9 de septiembre de 1971

Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio

domingo, 19 de diciembre de 2010

Carta de Miguel Bakunin a Anselmo Lorenzo


Al ciudadano Lorenzo, delegado de la Región Española de la Asociación Internacional
de los Trabajadores en la última Conferencia de Londres

1
.10 de mayo de 1872, Locarno .

Estimado ciudadano:

Algunos amigos de Barcelona acaban de comunicarme, sólo ahora, que, preguntado por
ellos sobre mi persona, a su regreso de Londres, usted les habría respondido con esas
palabras:
”Si Utin dijo la verdad en Londres, Bakounine es un miserable. Si no es la verdad, Utin
sólo es un vil calumniador."
2

[Presentación de Utin y de los motivos de Bakunin]
Seis meses transcurrieron, aproximadamente, desde que usted planteó ese dilema. Y si
los amigos de Barcelona no se hubieran decidido al final avisarme hoy yo ignoraría aún que el
señor Utin se divirtió en calumniarme de modo infame en Londres lo que por lo demás de
parte suya no me sorprende, puesto que cada hombre hace por naturaleza lo que su propia
índole le manda. Ahora sé por lo menos que me calumnió, pero desconozco el tenor de sus
calumnias. En efecto usted debe saber, ciudadano, que mis compañeros y amigos, los herejes
de la Federación Jurasiana, que la ortodoxia oficial e inquisitorial del Consejo General de
Londres acordó castigar con la excomunicación mayor, colocándoles con arbitrariedad fuera
de la Internacional, y yo que, desde hace tres años, vivo casi aislado en Locarno, no sabemos
casi nada de lo que pasó, se dijo y fue resuelto ya sea en las sesiones oficiales, ya sea entre
bastidores y en los conciliábulos más íntimos de aquella famosa Conferencia de Londres que,
lo temo mucho, no fue más que un golpe de estado montado por gentes hábiles, para
establecer en la Internacional la dominación de una pandilla excesivamente intrigante y
ambiciosa y autoritaria hasta el supremo grado.
Vuelvo a mis calumniadores. Hablo de ellos en plural, porque usted no debe imaginar
que ese mezquino judío ruso que se llama el señor Utin sea el principal y el único. Lo que
dice y lo que hace no puede tener importancia sino porque es el instrumento del gran jefe de
la sinagoga
3
, el ciudadano Marx. Le dije a usted que ninguna mentira, ninguna calumnia,
ninguna infamia procedente de Utin podrían sorprenderme; atormentado por una ambición y

1
Esa conferencia de Londres fue en septiembre de 1871 (Todas las notas son del traductor; Carta
publicada en el CDR de los obras de Bakunin editado por el Instituto Internacional de Ciencias
Sociales de Ámsterdam, traducción y notas de Frank Mintz).
2
La frase exacta es Si lo que Marx ha dicho de Bakunin es cierto, éste es un infame, y si no, lo es
aquél; no hay término medio: tan graves son las censuras y acusaciones que he oído. El Proletariado
Militante, tomo I, capítulo 24, “La conferencia de Londres”.
3
El antisemitismo de Bakunin chocó con razón a Anselmo Lorenzo entre las acusaciones dirigidas
por Bakounine contra Marx descuella como motivo especial de odio las circunstancias de que Marx
era judío. Esto, que contrariaba nuestros principios, que imponen la fraternidad sin distinción de
razas ni de creencias, me produjo desastroso efecto, y dispuesto a decir la verdad, consigno esto a
pesar del respeto y de la consideración que por muchos títulos merece la memoria de Bakounine.
Lorenzo Anselmo El Proletariado militante, Madrid, 2005, p. 204.2
por una vanidad que sólo se igualan a su nulidad; la boca siempre llena de palabras pomposas,
que aprendió al dedillo, y que va repitiendo como un papagayo, con la voz sonora, los
ademanes patéticos, pero con el corazón absolutamente vacío de todo otro objeto que sí
mismo, y con la cabeza incapaz de concebir y desarrollar una idea; superficial sin vergüenza,
descarado mentiroso; cobarde y poltrón cuando no se siente sostenido, pero con una
arrogancia fabulosa, del todo judía, cuando hay una masa muscular detrás suyo; versátil y
muy falso, inclinando el lomo ante quien le parece influente y brillante, lisonjeando al
proletariado con las burdas manifestaciones de una humildad y un respeto hipócritas,
cambiando al fin los principios como otros cambian de ropa, según las exigencias del medio y
del momento, ese diminuto miserable no tiene otra fuerza que su rematada altivez, su
consciencia sin vergüenza, su incontestable talento para la intriga y una docena de mil libras
de renta que le colocan muy bien dentro del partido de la reacción hoy dominante en la
Internacional de Ginebra. Nuestro amigo, Pellicer Farga de Barcelona, le podrá dar una idea
perfectamente justa del partido de que le hablo, por haberlo visto proceder tanto en Ginebra
como en el Congreso de Basilea. Ese partido, del que el señor Henry Perret que usted debió de
encontrar en Londres es un muy digno representante y que se compone de la flor y nata de los
ciudadanos-obreros de la relojería, se ha vuelto hoy muy poderoso en la Internacional de
Ginebra, gracias al doble apoyo de los burgueses radicales para quienes acepta servir de
instrumento y estribo, de un lado, y del Consejo General de Londres dirigido por la pandilla
marxiana
4
, del otro. Aprovechándose de esa alta protección, transformó no al pueblo, sino la
organización de la Federación Romanda
5
, dado que está representada por sus comités y su
periódico oficial, L'Egalité, en una muy sucia intriga reaccionaria, y el señor Utin se
encuentra naturalmente en su lugar.
Para acabar con él, añadiré que habiéndole hallado por vez primera en 1863 en Londres,
y apreciado a su justo valor, siempre lo mantuve alejado de mi intimidad lo que valió por
supuesto de parte suya un odio atroz. Ese odio lo había incubado silenciosamente en su pecho
mientras no había encontrado un apoyo formidable en el odio mucho más serio que me
dedica el ciudadano Marx. Sé de fuente segura, y podré probárselo de ser necesario, que Marx
no sólo acogió favorablemente, sino que provocó las calumnias de Utin. Ya en 1870, cuando
en nombre del Consejo General, Marx remitía a todos los Consejos o Comités regionales de la
Internacional, una circular confidencial, redactada en alemán y en francés al mismo tiempo y
llena, al parecer, de invectivas injuriosas y calumnias contra mí. Es un hecho de que sólo tuve
conocimiento hace unas semanas, gracias al último proceso de Liebknecht. En los primeros
meses de 1870, Marx escribía ya a Utin, encomendándole que reuniera cuantos documentos
pudieran servir de base a una acusación contra mí ante el próximo Congreso. ¡Usted puede
imaginar cómo Utin se las ingenió para hallar e inventar algo! Y a fuerza de falsedades
consiguieron, dicen, fraguar todo un sistema de calumnias que, por ridículas que son, no dejan
de ser odiosas calumnias en las cuales ellos mismos tan poco confían, que nunca se
atrevieron a publicarlas, conformándose, ¡digna gente es esa!, con propagarle
confidencialmente por medio de sus circulares, sus agentes y sus cartas, a espaldas mías.
Ahora bien cómo forzarles a osar.
[Exposición de las divergencias entre marxianos y libertarios, la personalidad de Marx
y la del propio Bakunin, según él mismo]
Usted me ha de preguntar ¿cómo pude atraerme ese odio terrible de Marx? Para hoy no
puedo ni deseo entrar en los detalles, si bien sé que, por mucha repugnancia que siento por

4
“marxiano” es el adjetivo que usaba Bakunin, siendo que el término “marxista” no se empleaba.
5
“Suiza Romanda” o de lengua francesa.3
introducir cuestiones de personas en los debates de la Internacional y di una gran prueba de
esta repugnancia, puesto que, a pesar de todos los ataques de mis enemigos, he guardado el
silencio durante casi tres años, estaré en la obligación de hacerlo dentro de poco. En esta
carta, que considero como el inicio de una lucha que deploro, pero que no puedo ya evitar, me
conformaré con indicarle a usted las dos principales causas.
Mis amigos y yo, cometimos dos grandes crímenes: uno personal, y otro relativo a los
principios. Pese a rendir completa justicia a la inteligencia, la ciencia del ciudadano Marx,
así como a los servicios que prestó a la causa del proletariado
6
, nunca quisimos inclinar
nuestras cabezas ante él, ni reconocerle como nuestro jefe, por tener todos la idolatría en
horror, y una aversión profunda, instintiva y reflexiva al mismo tiempo, por cuanto se
denomine autoridad, gobierno, tutela, individualidades dominantes o jefes. Este es nuestro
crimen personal. Es una rebelión contra quien, en su pío entusiasmo, el señor Liebknecht,
uno de los rabinos subalternos de la sinagoga, llama "su preceptor".
Nuestro crimen relativo a los principios no es menos grave. Nos atrevimos a oponernos
a la teoría de Marx, teoría esencialmente pangermánica y autoritaria, de la emancipación
económica del proletariado y de la organización de la igualdad y de la justicia por el Estado,
el principio latino eslavo, anárquico y rebelde de la abolición de todos los Estados. En
consecuencia de ese principio, combatimos las tendencias, hoy demasiado ostensibles de la
pandilla marxiana, al establecimiento de una disciplina jerárquica, de un gobierno y de una
dictadura enmascarada en la misma Internacional, en provecho de un consejo general
cualquiera. Tanto como los belgas, antes de ellos, el Congreso de la Federación Internacional
del Jura proclamó, conforme a los estatutos generales primitivos, los únicos obligatorios para
todas las secciones de la Internacional, que el Consejo General, por no ser y no tener que ser
revestido de poder gubernamental alguno, es únicamente una Oficina Central de Estadística y
Correspondencia, al mismo tiempo una suerte de bandera simbólica de la unión fraternal que
debe existir entre los proletarios de todos los países. Para darle una muestra de la buena fe de
nuestros adversarios, les citaré algunas palabras que encontré en el N° del 5 de mayo de La
Liberté de Bruselas, periódico a cuya alta imparcialidad por lo demás suelo rendir justicia. Es
una reseña, por otra parte bastante confusa y muy poco concienzuda, al parecer, del último
Congreso de ustedes en Zaragoza. Tengo indicios para creer que es el señor Lafargue, yerno
del señor Marx y comisario extraordinario del Consejo General en España, quien la hizo. Se
dice: La circular del Jura que amenazaba la Internacional con una escisión y la creación de
dos centros, sólo tuvo alguna importancia en Italia donde el movimiento proletario es del
todo joven y entre las manos de los doctrinarios idealistas. Sí, tan doctrinarios, que
rechazaron la doctrina marxiana del Estado, e idealistas hasta el extremo que sintieron
repugnancia por las sucias intrigas y calumnias de los marxianos.
Usted por cierto habrá leído la circular del Jura, circular, en cuya redacción no tuve
parte alguna, ni directa, ni siquiera indirecta, por no haber asistido al Congreso de Sonvilliers,
pero a la que adherí totalmente tras haberla leído, y como usted no tiene ningún interés en
desvirtuar su sentido y su objetivo, usted habrá reconocido que lejos de pensar en crear un
centro nuevo, al lado del que ya existe en Londres, no tiene otro objeto que hacer que este
último ingrese, con sus límites y su útil pero muy humilde misión, en la Oficina Central de
Estadística y Correspondencia. ¡Hay que tener mucha mala fe para acusar de ambición a
aquellas secciones obreras que, protestando contra el poder de los centros y llevando una
guerra ensañada al principio maldito de la autoridad, en todas sus aplicaciones posibles, están
atacando los mismos fundamentos en que pudieron apoyarse hasta ahora todas las ambiciones
y todas las dominaciones colectivas e individuales! La circular del Jura, lejos de haber errado

6
Es notable que casi siempre Bakunin encomia el saber de Marx y sus aspectos positivos, pero
rechazando su sed de poder.4
la diana, la alcanzó, puesto que provocó en todos los países del continente de Europa, menos
Alemania y algunos países que sufren moralmente el yugo de Alemania, unánimes
manifestaciones tan directamente opuestas a la dictadura del Consejo General de Londres,
que ese debidamente avisado, está jurando y reafirmando ahora que jamás pensó ultrapasar
los límites tan modestos que le imponen nuestros estatutos generales. Por poco que no quiera
la Internacional suicidarse y no dejar que se paralice ni se desvíe de su objetivo, el
movimiento revolucionario del proletariado en Europa, nunca debe permitir a ningún Consejo
General que franquee esos límites.
Su misma composición impuesta por la fuerza de las cosas, es tal que sería ridículo de
parte suya pretender a una dirección política cualquiera. En efecto ni siquiera es el producto
de una elección regular. Se recluta dentro de sí mismo, así como lo hacen todas las academias
hoy por hoy, así como lo hicieron antaño algunos senados en las repúblicas oligárquicas.
Siendo las Federaciones Obreras demasiado pobres como para mantener a sus representantes
permanentes, elegidos por ellas, sea en Londres, sea en cualquier otro punto central, tuvieron
los Congreso que mantener siempre al mismo Consejo General dejándole el cuidado y el
derecho de renovarse parcialmente a sí mismo. Pero sólo lo pudieron hacer con la condición
de que el Consejo General no se arrogue nunca ningún poder gubernamental, porque de otro
modo habrían condenado las secciones operarias, el proletariado de todos los países a sufrir el
yugo de un gobierno cuyos miembros le serían en gran parte desconocidos. Sería el principio
de una oligarquía monstruosa introducida en la Internacional y colocada a la cabeza del
movimiento socialista y revolucionario de Europa. Por tanto, los Congresos, al mantener
desde 1866, siempre el mismo Consejo General, han demostrado con eso que no daban
ninguna importancia a su composición personal; y les era permitido no darle importancia
alguna únicamente por la condición de que se comprenda muy bien que el Consejo General
nunca podrá ser revestido de ningún poder.
Si se me objeta que desde la fundación de la Internacional ha habido un grupo de
hombres inteligentes y entregados, una minoría más o menos de todos, lo que por otra parte
no será la verdad si bajo esa palabra de todos se entiende la masa de los internacionalistas, y si
dentro de esa minoría hay un hombre dotado de una inteligencia y una ciencia superiores, uno
de los padres de la Internacional, -¿y acaso un padre puede desear el mal para sus hijos?-
responderé, y espero que el mismo ciudadano Marx no querrá contradecir esa verdad tan
acertadamente probada por la historia que una democracia o un pueblo que se entrega a la
dirección de un hombre o a un grupo de hombres, por inteligentes, dedicados y desinteresados
que parezcan o que sean, comete un doble error, un doble crimen: convierte a ese hombre o
esos hombres en déspotas y a ellos mismos en esclavos. La esclavitud se encuentra como una
fatalidad al final de cualquier gobierno que sea, individual o colectivo, por elegido fuera él
mismo por el sufragio universal, y controlado y limitado por lo que los políticos de Alemania
llaman ahora la votación directa de las leyes por el pueblo, una suerte de plebiscito
permanente y que tendría por resultado inevitable, único, fundar en nombre de la supuesta
voluntad popular una nueva esclavitud popular.
Concibo como último recurso que en un momento de crisis suprema, -cuando las masas
de un país están absolutamente desorganizadas y no han adquirido aún el hábito de dirigirse a
sí mismas, y en dicho caso están muy cerca de caer en la esclavitud-, concibo pues que
cuando varias circunstancias importantes impiden que se reúnan y se concierten las secciones
de otros países a través de sus delegados obligados a cumplir mandatos imperativos, como
eso puede ser acaso el caso en España, concibo que a falta de otra vía y por carencia absoluta
de todo otro medio, ellas otorguen una suerte de poder dictatorial de muy corta duración a un
grupo de hombres a quienes conocen muy bien, siempre que les pidan que den pronto un
balance serio y terrible. Es siempre muy peligroso, pero puede hacerse inevitable. Creemos y
ya expresamos esa firme convicción, que el pensamiento, la vía y el poder revolucionario de 5
la Internacional no están arriba, sino abajo, no en los comités, sino en el pueblo de las
secciones cuyos comités sólo deben ser oficinas administrativas, siempre transparentes para el
pueblo y siempre obedecientes para con su ley, que la unidad internacional por fin, aquel gran
objetivo de nuestra Asociación, independiente de cualquier dirección central que únicamente
podría paralizarla y desorganizarla, se ubica [no] en el Consejo General, sino en la identidad
real de los intereses de las necesidades y aspiraciones del proletariado de todos les países, y
que por consiguiente la organización del poder y de la acción revolucionarias de los
Trabajadores de Europa y del mundo no puede ser obra de un gobierno central sea cual sea,
sino únicamente de la Federación perfectamente libre de las secciones autónomas.
Usted ya ve que entre el partido marxiano y el nuestro hay un abismo. Y cuando le
hablo de nuestro partido, le ruego tener en cuenta que no se trata de ninguna manera de mi
partido. Es de nuevo una de las odiosas estratagemas de nuestros adversarios el querer
representar a toda costa como la de un jefe de partido. Quisieran personificar la cuestión para
poder ahogarla más fácilmente. Nos representan, de un lado a mí, como un individuo confuso
que para darse una posición en la Internacional, no teme dividirla y de otro lado a mis
amigos, cuyos principios y convicciones tengo el honor de compartir, como estúpidas
herramientas de mi ambición. Esa estratagema, basada en una doble calumnia, cuya falsedad
los mismos marxianos conocen muy bien, no es torpe, sino infame. Y lo más singular, y diría
también, lo más descarado, es precisamente la gente, ya impelida por su teoría al culto de la
autoridad y de los jefes, que no deja escapar ninguna ocasión para proclamarse los discípulos
de Marx, "el preceptor suyo", el legislador y el maestro suyo, y se atreve en su conjunto a
lanzar ese insulto a algunos hombres que no hacen nada sino predicar la eliminación de los
jefes y el derrocamiento de todas las autoridades lo mismo oficiales y gubernamentales que
supuestamente revolucionarias.
Pero puesto que de mí se trata, quiero explicarme sobre mí mismo, una vez para todas.
En la polémica de los internacionalista italianos, simpática o antipática, pero siempre
conveniente y en la que me esforcé adrede soslayar hasta ahora tomar una parte personal, así
como en la sucia y odiosa polémica de los periódicos alemanes, a menudo fui presentado
como un hombre muy ambicioso, animado por la presumida o vanidosa pretensión de
colocarme en la Internacional como un rival de Marx. Nada es más falso. Es verdad que en
las cuestiones que tienen un vínculo, no con los principios mismos de la justicia y de la
igualdad, sino con su realización, tanto como en la organización del poder popular a través de
la Internacional, profeso un orden de ideas diametralmente contrapuesto al de Marx. Pero
nunca jamás, me he presentado como un antagonista personal, y menos aún como su rival.
Pero confiar tal gobierno a un Consejo General sea lo que fuere, encargarle que
organice y dirija la revolución social en todos los países; imaginarse que una nueva
providencia, [ilegible] de la omnipresencia, de la omnipotencia del dios de los cristianos, ese
Consejo General, -aunque estuviera incluso compuesto de miembros elegidos directamente
por las Federaciones Regionales- será capaz de abarcar, sin sofocarlas, o de comprender sólo
las mil manifestaciones del movimiento popular, tan diversas de países a otros países, de
provincia a otra provincia, de comuna a otra comuna, y cuyo conjunto constituye en sí la
universalidad de la revolución social; imaginar que su intervención en dicho movimiento a la
vez universal y local, colectivo e individual, -intervención necesariamente ciega, superficial y
parcial- no será de ninguna manera malévola y paralizante, significa levantar, de verdad, ¡el
culto en la centralización y la fe en la autoridad hasta la locura!
Conozco a Marx desde hace tiempo, y si bien deploro algunos defectos, realmente
detestables de su carácter, como una personalidad desconfiada, envidiosa, susceptible y
demasiado propensa a la admiración de sí misma, y un odio implacable, que se manifiestan
con las más odiosas calumnias y una persecución feroz contra cuantos, entre los que
comparten las mismas tendencias que las suyas, tienen la desgracia de no poder aceptar ni su 6
sistema particular, ni sobre todo su dirección personal y suprema, que la adoración, por así
decirlo, idólatra y la sumisión demasiado obcecada de sus amigos y discípulos, le han
acostumbrado a considerar como la única racional y como la única saludable -a pesar de
constatar esos defectos que malogran a menudo el bien que él es capaz de proporcionar y que
brinda, siempre he apreciado sumamente - y no pocos amigos podrán atestiguarlo de ser
necesario-, siempre he reconocido con justa razón la inteligencia y la ciencia verdaderamente
superior de Marx y su entrega inalterable, activa, emprendedora, enérgica por la gran causa de
la emancipación del proletariado
7
He reconocido y sigo reconociendo los inmensos servicios .
que ha prestado a la Internacional de la que fue uno de los principales fundadores, lo que
constituye a mis ojos su mayor título de gloria. Pero pienso todavía hoy que sería una pérdida
seria para la Internacional si Marx, frustrado en sus proyectos ambiciosos y en la realización
de ideas prácticas, de cuya bondad sin duda alguna está convencido, pero que nos parecen a
nosotros muy malas, quisiera retirar del desarrollo ulterior de nuestra gran asociación el
concurso tan útil de su inteligencia y de su actividad. Pero todo ello no constituye una razón
para convertirse en la herramienta ciega de Marx, y no vacilo en declarar que si hubiera que
elegir entre su doctrina o su retiro yo preferiría su retiro.
Yo habría resultado sencillamente ridículo de haber tenido una vez el pensamiento de
comparar mis servicios a los suyos. Solo fui un simple soldado de la Internacional, muy
entregado, muy fiel, pero sin ningún otro título de reconocimiento, mientras que Marx fue
uno de sus más inteligentes iniciadores, de sus padres. Lo reconozco de todo corazón, pero
que me sea permitido, al mismo tiempo, expresar el deseo, que la gran inteligencia de Marx le
haga entender al final -una cosa que generalmente los padres comprenden poco- que puesto
que el niño creció es preciso emanciparle de cualquier tutela, lo mismo pública que
enmascarada.
Así mismo habría sido ridículo de parte mía medir mi ciencia, muy insuficiente y del
todo de segunda mano, con la ciencia realmente muy amplia y profunda de Marx. Ante esa
ciencia me inclino de buen grado, pero no la acepto a ciegas. Respeto mucho la ciencia, la
verdadera ciencia, la ciencia positiva y la respetaré aún más cuando se vuelva la ciencia de
todo el mundo, la del pueblo. Pero con toda la energía de mi alma protesto contra la
dominación de los científicos. Enemigo en general de todos los gobiernos, porque estoy
convencido que, por la misma índole de su constitución, como organización de la autoridad,
deben ser fatales para la igualdad, la justicia, la libertad y la prosperidad de los pueblos,
pienso que entre todos, el gobierno de los científicos sería el más arrogante, el más
despreciativo, frío y sistemáticamente opresivo, y por consiguiente el más detestable.
Para volver a mi propia persona, dado que muy a pesar mío se la cuestiona, declaro, una
vez para todas, que por no haber inventado nunca un sistema, ni siquiera lo que se llama una
idea nueva, no tengo el menor derecho a la apelación de cabecilla o jefe en el sentido teórico
de esa palabra, y en cuanto a la práctica todavía menos se me lo puede aplicar, porque para
serlo hay que poder comandar al menos a algunos soldados, y no hay ni uno que me siga. Por
lo tanto nunca fui un jefe sino en la imaginación, o incluso más bien en la malévola
intención de mis calumniadores. Jamás me presenté como jefe entre mis amigos y nunca me
habrían aceptado como tal, ni yo, ni otro. En efecto, se lo repito otra vez, si hay un
sentimiento universal y dominador entre nosotros, es el horror profundo contra todo lo que
se llama dominación y dominadores, tutela y tutores; y le puedo asegurar que la confianza de
los amigos, su amistad fraternal, su estima, que considero como mis tesoros más preciosos, se
transformarían muy rápidamente en desprecio y odio si descubrieran en mí un asomo de una
ambición otra que la de participar al igual que ellos en la obra común.

7
Es notable que casi siempre Bakunin encomia el saber de Marx y sus aspectos positivos, pero
rechazando su sed de poder.7
No existen luchas de ambición ni de celos personales entre nosotros. Como todas les
capacidades nunca pueden volverse dominantes, puesto que la posibilidad misma de alguna
dominación sea la que fuere queda excluida, porque todas las facultades individuales deben
auxiliar al triunfo de una causa esencialmente colectiva pero se alegran [los amigos] cuando
hallan en uno de sus hermanos una capacidad nueva. Para todos es una riqueza y una fuerza
más; y el campo de acción es tan inmenso que de veras hay bastante lugar y trabajo para
todos, más trabajo de lo que cada uno puede levantar. Hemos llegado por lo demás y llegamos
cada día a la convicción -fruto de la muy dura y muy humillante experiencia individual por
la que tuvimos todos que pasar durante esos terribles años- de que las facultades y las fuerzas
más completamente desarrolladas, son impotentes y nulas en presencia del objetivo
gigantesco que aspiramos a cumplir. Y si queremos cumplir con la tarea nos queda
únicamente un medio: sumirnos, para así decirlo, ampliándolos y consolidándolos con ello, en
todos los pensamientos y todas las iniciativas individuales en el pensamiento y la acción
colectivos. De ese modo la fuerza de cada uno se convierte en la de todo el mundo, y por tanto
cada uno se hace inteligente, poderoso, moral por la inteligencia, la potencia y la moralidad
solidarias de todos.
Pero volvamos a mi estimada persona. Todo mi mérito, si mérito hay, consiste en haber
sido siempre apasionadamente entregado a los principios que mantengo como verdaderos;
haberlos propagados con toda la energía de que soy capaz, y por no desviarme nunca de los
mismos, ni por nadie, ni por nada.
Enemigo convencido del Estado y de todas las instituciones económicas como
políticas, jurídicas y religiosas del Estado; enemigo en general de todo lo que en el lenguaje
de la gente doctrinaria se denomina la tutela benefactora ejercida bajo cualquier forma, por las
minorías inteligentes, y naturalmente desinteresadas, sobre las masas; convencido que la
emancipación económica del proletariado, la gran libertad, la libertad real de los individuos y
de las masas y la organización universal de la igualdad y de la justicia humanas, que la
humanización del rebaño humano en una palabra, es incompatible con la existencia del Estado
o cualquier otra forma de organización autoritaria, inicié desde el año 1868, época de mi
ingreso en la Internacional, en Ginebra, una cruzada contra el mismo principio de autoridad,
y empecé a predicar en público la abolición de los Estados, la abolición de todos los
gobiernos, de cuanto se llama dominación, tutela poder, incluida desde luego la supuesta
revolucionaria y provisional, que los jacobinos de la Internacional, discípulos o no discípulos
de Marx nos recomiendan como un medio de transición absolutamente necesario, eso
pretenden, para consolidar y organizar la victoria del proletariado. Siempre pensé y pienso
hoy en día más que nunca que esa dictadura, resurrección encubierta del Estado, nunca podrá
producir otro efecto que el paralizar y matar la vitalidad misma y la potencia de la revolución
popular.
Esos son los principios que propagué, pero no fui el único en hacerlo. Muchos amigos
muy íntimos y muy queridos, suizos, franceses, españoles, sin hablar de los belgas que los
desarrollaron con una ciencia particular, los predicaron al mismo tiempo y a menudo con
mucha más elocuencia y éxito que yo. En el Congreso de Basilea gracias a la conformidad
que existió incontestablemente entre los principios y los instintos del proletariado, llevamos
una victoria que se puede declarar completa, no sólo sobre los proudhonianos individualistas
y doctrinarios de París, propagadores atrasados del socialismo burgués, los Tollain, los
Langlois, ahora traidores de cara a la Internacional, sino además sobre los comunistas
autoritarios de la escuela de Marx. Eso es lo que Marx y los suyos nunca podrán personarnos.
Por esto justo después del Congreso de Basilea, emprendieron contra nosotros una campaña
que tiende nada menos que ir a nuestra completa demolición.
Era el derecho de ellos y de haberse conformado con atacarnos en nuestros principios,
no tendríamos por cierto nada que reprocharles. A sus argumentos, habríamos opuesto los 8
nuestros. En esa polémica, útil así mismo para ambos partidos, el pueblo de la Internacional,
nuestro juez natural, habría pronunciado su sentencia en última instancia. Pero nuestros
adversarios no quisieron esa guerra leal. Encontraron más cómodo difamar a las personas
antes que combatir los argumentos, y nos tiraron fango encima. Primero empezaron por
rellenar sus periódicos con insinuaciones malévolas contra nosotros y sobre todo contra mí
que parecen haber designado como el chivo expiatorio condenado por ellos a expiar el crimen
solidario de todos nuestros amigos. Usaron acusaciones mentirosas, muy pérfidas y muy
ridículas en la intención y en el fondo, y además muy vagas en la forma, tímidas y llenas de
prudentes reticencias, formuladas en una palabra de manera a que pudieran dejarlas caso de
ser necesario. Sus ataques fueron además tan ridículos y, para tomar la palabra real, tontos,
que con pocos deseos de exponer a mi propia persona en una polémica repugnante, creí que
podía evitar las respuestas. Por lo demás, los amigos habían resuelto unánimemente que en
presencia de esos ataques indignos, todas personales, se guardaría el silencio, y no pude ni
quise desobedecer a una decisión general Pero nuestro silencio, lejos de haber desarmado a
nuestros adversarios e insultadores, parece haberles irritado más. Al parecer lo tomaron por lo
que era en efecto, por una expresión de desprecio, y me apresuro en añadir, de un desprecio
que no se dirigía a sus personas -porque hay entre ellos hombres como Marx, como Engels,
como Jung y como Liebknecht, que estimamos en no pocos aspectos- sino que apuntaban a
los medios infames que usan todavía hoy para atacarnos.
Entonces, sea alentados, sea irritados por nuestro silencio, pasaron del sistema de la
calumnia por insinuaciones veladas; al de la calumnia positiva, descarada, propagando contra
nosotros las más horribles mentiras, tanto mediante sus periódicos, como su correspondencia
oficial y oficiosa, siempre confidencial y agentes que mandaron con los fondos la
Internacional a todos les países. Se puede decir que la Internacional les había colocado en
esa posición preponderante y les suministró medios de acción, no para activar la propaganda
socialista, sino para destruir a quienes osan contradecir las ideas y la práctica de Marx.
Insultados y calumniados de ese modo, durante dos años y medio, pacientes como ángeles,
otros dirían como burros, nos quedamos callados. Y ahora le voy a explicar las razones de ese
largo y unánime silencio.
Ante todo fue el asco. No estamos acostumbrados como los amigos y discípulos de
Marx, al fango. Ellos se sumergen en él como si fuera su elemento natural. Allá ellos, pero
nos era imposible seguirles en ese terreno en que la victoria la tienen siempre asegurada.
Contábamos por otra parte con el sentido común y el sentimiento de equidad del gran público
de la Internacional que, sin que intervengamos, sabrá dar la justicia entre la calumnia y los
calumniadores. Cometimos un error al olvidar esa tendencia general de los hombres a creer
más fácilmente en el mal que en el bien que se dice de otra persona, y de esas palabras tan
hondas de Don Basilio en la comedia de Beaumarchais: "Calumnien siempre y algo quedará".
Avisados por una triste experiencia, no cometeremos ya tamaño error, muy decididos como lo
estamos a desenmascarar a los calumniadores y a atacar la calumnia, por ridícula y estúpida
que sea en su fuente. Lo debemos por la misma dignidad y moralidad de la Internacional que,
realmente, quedaría deshonorada y perdida, si la calumnia pudiera convertirse un día en un
medio de triunfo.
Tuvimos otras razones, aún más serias, para no aceptar la lucha de personas a la cual
nuestros adversarios habían querido forzarnos. Partiendo de nuestro principio hostil a
cualquier dominación, pensamos en general que no es nada bueno que la Internacional se
preocupe de tantas personas: para los traidores, existe la expulsión, acompañada del unánime
desprecio; para las diferencia personales, hay los jurados de honor, y para quienes dieron
buenos servicios a la Internacional, hay la estima y la amistad de los compañeros. Fuera de
eso no hay nada, no teniendo la Internacional otro objetivo que la emancipación de todos, no
debe tratar de la nariz, del talle, del espíritu o del tipo de carácter de nadie. Convencidos de 9
esa verdad, no quisimos por tanto permitir a nuestros encarnizados adversarios que
transformen una gran cuestión de principios y de práctica general en un miserable y
escandaloso asunto personal. Luego quisimos a toda costa la unión de la Internacional, y en
todo caso, no quisimos tomar nosotros la terrible responsabilidad de una ruptura pública de
una escisión, en presencia del mundo burgués que no puede dejar de regocijarse, y en una
época tan crítica como la nuestra.
En medio de los eventos amenazadores que ocurrieron en Francia y que están pasando o
se están preparando hoy por hoy en toda Europa; durante y después de una guerra desastrosa
que cambia las relaciones políticas de Europa no en beneficio del proletariado, sino de la
dictadura militar y del régimen policial y bancario que triunfan por doquier, pensábamos que
el más simple deber mandaba a todos los internacionales, individuos y secciones, el olvido de
sus pasiones y sus injurias personales y locales y la unión, no bajo cualquier dictadura sino en
la solidaridad y la alianza libre de todos contra el enemigo común.
Usted entiende, lo espero, ahora porque nos callamos hasta que la Conferencia de
Londres nos obligó a romper el silencio que nos habíamos impuesto. Le mostraré cuándo y
dónde convenga cómo nuestros enemigos, aprovechándose de todos esos eventos y de nuestro
silencio, acumularon contra nosotros las denuncias, las calumnias, las injurias. Hoy sólo le
citaré dos hechos:
En agosto de 1871, tras la proclamación de la república en París, La Solidarité, órgano
de la Federación Jurasiana, había lanzado una proclama a los trabajadores internacionales de
todos los países, llamándoles a todos a la expresión de una simpatía no platónica, sino
revolucionaria y activa por Francia que se había convertido en la Patria de la revolución. El
gobierno Federal de Suiza se inquietó mucho. Ese manifiesto, pensó, podía comprometer
mucho Suiza ante la Alemania conquistadora y triunfante. Hizo pues amonestaciones al
gobierno de Neuchâtel, que se hallaba y sigue estando en manos de los burgueses radicales
aliados naturales de los burgueses radicales de Ginebra, que, desde hace unos dos años, como
ya le expuse, se han vuelto los amos de la Internacional de Ginebra. Los burgueses de
Neuchâtel que llevaban algunos años de odio contra nuestro amigo James Guillaume, el
redactor de La Solidarité; porque, hijo de un consejero de Estado, inteligente, culto y capaz,
había cometido el crimen de preferir a la brillante carrera burguesa que se le abría, el humilde
y ruinoso servicio del socialismo revolucionario en la Internacional, y porque en nuestro
periódico él se había atrevido a desarrollar principios absolutamente contrarios al radicalismo
y al patriotismo burgués. Esa vez estimulados por las amonestaciones del gobierno Federal y
por sus propios terrores, los burgueses fueron presa de un verdadero furor contra él. Se le
amenazó con quebrar la maquinaria, o quitar a la imprenta todas los pedidos de algunos
amigos, porque había burgueses furiosos que querían matarle, usted sabe que nada es tan
feroz como los burgueses que tienen miedo. ....
Todo eso fue por lo demás perfectamente natural y en regla. Los burgueses de
Neuchâtel actuaron como deben actuar todos los burgueses. Pero lo escandaloso es que
L'Egalité, órgano oficial de la Federación Romanda en Ginebra, redactado por el señor Utin,
bajo la dirección inmediata del Consejo de esa Federación internacional, tomó partido por los
burgueses radicales contra Guillaume de la Internacional. Utin le atacó a él y su manifiesto de
manera repugnante; y no le bastó ese éxito, para complacer sin duda a sus altos y poderosos
protectores los burgueses radicales del gobierno Central de Ginebra, el Consejo Federal de la
Región ginebrina remitió al gobierno Federal de Suiza una protesta en la que desaprobaba con
energía ese desdichado manifiesto que había enfurecido tanto y aterrorizado a los señores
burgueses.
Otro hecho. En septiembre de 1870, el señor Liebknecht escribía en el Volksstaat,
órgano oficial del partido de la democracia socialista de los obreros alemanes, que los triunfos
de Alemania y la derrota de Francia debía tener por consecuencia natural que pasara la 10
iniciativa del movimiento socialista de Francia a Alemania, y con el deseo sin duda de
manifestar dignamente esa nueva iniciativa pangermánica, celebró con un gran entusiasmo los
éxitos del señor Gambetta, el gran ahogador de la verdadera defensa nacional popular y el
demoledor de la Federación de los revolucionarios socialistas del Sur de Francia. El señor
Liebknecht calumnió naturalmente en su periódico la insurrección de septiembre en Lyon, y
echó a cuantos tuvieron el honor de tomar parte en ese movimiento una buena porción de su
lodo.
Hoy por hoy, hemos llegado al final a esa convicción que, excepto si nos dejamos
ahogar en ese fango, nos es imposible evitar la ruptura. Pero queremos que conste que no
somos nosotros quienes la habremos provocado. Hicimos grandes sacrificios para conservar la
paz, nuestros adversarios la desestimaron. Nuestro silencio y nuestra paciencia, en lugar de
humanizarles, les hizo creer que no teníamos ni bastante fuerza para defendernos, ni bastante
valor para atacarles y creyeron que había llegado el momento de aniquilarnos y establecer con
eso su dominio en la Internacional.
Aprovechando la desorganización de las secciones francesas que siempre se les habían
resistido y consolidados con la mayoría alemana, la Suiza alemana, ginebrina e inglesa que
habían preparado hábilmente, decidieron dar un gran golpe. Convocaron pues la famosa
Conferencia de Londres, guardándose de convocar allí a los delegados de la Federación
Jurasiana, víctima condenada por ellos a la inmolación. Usted conoce lo demás.
Esa Conferencia tuvo evidentemente dos objetivos: 1) Convertir el Consejo general de
Londres, dirigido de manera casi soberana por el ciudadano Marx, en un gobierno político y
central, medio oficial y público, y oculto en parte; 2) Alinear [y agrupar] las secciones y todos
los individuos que tuvieron la audacia de protestar contra las teorías y sobre todo contra la
dictadura de Marx.
Juzgando por lo que se publicó sobre esa Conferencia, el doble objetivo fue alcanzado y
por eso se inquietó la Federación Jurasiana.
Si ella tuviera que callar aún, merecería realmente el desprecio. En efecto ya no se trata
hoy en día ni de individuos, ni siquiera de secciones únicamente. Se trata de la misma
existencia de la Internacional, que las resoluciones de la Conferencia amenazan con matar. Y
por el modo de cómo nuestros adversarios plantearon la cuestión, ya se debe únicamente
elegir entre la dictadura de Marx, necesariamente acompañada de la salida de todos los que,
miembros como secciones, no están dispuestos a reconocer ninguna dictadura, ningún
gobierno desde arriba, sea cual sea, o entre la disolución completa de la intriga que quiere
asegurar la dominación pangermánica de los marxianos.
Sí, pangermánica, porque como no voy a tardar a probarlo por otra parte, prescindiendo
de toda cuestión personal, el debate que nos divide hoy en día en el seno de la Internacional,
no es sino la reproducción de la gran cuestión histórica que los acontecimientos actuales
plantearon.
¿A quién pertenece el porvenir? ¿Al principio de la dominación y de los grandes
Estados, esencialmente, históricamente representado por la raza conquistadora o
violentamente civilizadora y por lo tanto autoritaria de los germanos, burguesamente
denominados ahora los alemanes; o al principio del socialismo revolucionario y de la
organización espontanea de la libertad popular, por medio de la abolición de todas las
instituciones políticas y jurídicas del Estado y de la federación de las asociaciones y comunas
autónomas, representada por los latinos y eslavos, en ese plano, la unión y la solidaridad más
fraternal con el pueblo alemán es posible. Pero en el terreno propiamente germánico
desembocaría fatalmente en el triunfo del pangermanismo.
Y para volver a las cuestiones personales, que, desgraciadamente, se nos imponen a
pesar nuestro, añadiré, que no deseamos de ninguna manera, que Marx ni ninguno de los
suyos dejen la Internacional. Al contrario, nos enfadaría mucho; ni siquiera deseamos, que 11
salga del Consejo General, en cuyo seno su gran ciencia económica puede dar todavía
inmensos servicios (6). Lo que pedimos y lo que creemos tener el derecho de exigir, son
nuestros estatutos generales primitivos, los únicos que reconocemos, es que el Consejo
General, regresando a los límites, que le son asignados por sus estatutos, vuelva a representar,
lo que nunca habría dejado de ser: una Oficina Central de Estadística y de Correspondencia, y
que renunciando para siempre jamás a transformarse en una suerte de gobierno político y
director supremo de las revoluciones, deje a cada país, a cada región, a cada federación, y a
cada sección la plena libertad y el cuidado de determinar su política propia. Tras lo cual
estaremos seguros que todas se unirán en el pensamiento unánime de seguir en adelante una
sola política, la de la destrucción de los Estados.
Tales son las cuestiones, que van a ocupar y probablemente desgarrar al próximo
Congreso. No creo equivocarme al presagiar que la mayoría de ese Congreso será marxiana,
porque hay que rendir esa justicia a nuestros adversarios, son muy hábiles políticos, lo que a
mi parecer echa sobre el socialismo revolucionario de ellos una luz bastante equívoca, dado
que la política es por excelencia el arte de manipular a las masas, o sea el arte de engañarlas y
desviarlas con el fin del establecimiento de un Estado, es decir una dominación y por
consiguiente también cualquier nueva explotación. Hábiles políticos, dije, y cuantos más
poderosos, que no retroceden ni siquiera ante la infamia, de ser necesaria, para asegurarse el
triunfo. Los amigos, discípulos y numerosos agentes de Marx, desparramados hoy, como se
sabe, y mantenidos en todos les países con el dinero de la Internacional, se movieron tanto,
mintieron, calumniaron, intrigaron, que hasta en los países más recalcitrantes a su doctrina y
en particular en todos los países latinos, tendrán la seguridad del voto de unos raros
adherentes. Pero incluso fuera de esos partidarios de última hora, podrán contar con una
formidable mayoría en el Congreso.
Primero habrá la falange sagrada y tan bien disciplinada de los delegados de Alemania y
de la Suiza alemana, que votarán como un solo hombre, a ciegas, por Marx y por cuanto
quiera Marx. Agregue a eso a los neófitos de Dinamarca, que introdujeron en la organización
de sus secciones una jerarquía despótica, capaz de despertar la envida de los mismos
alemanes. Habrá luego los norteamericanos y los ingleses, que todos votarán también en el
sentido de Marx, y eso por muchas razones. Primero, aunque parece ahora que un grupo de
disidentes contra Marx se haya alzado hasta entre los obreros de Inglaterra, una disidencia,
cuyas naturaleza y causas confieso francamente ignorar hasta ahora, se puede estar seguro,
que, como en los años precedentes, únicamente habrá los partidarios de Marx, que tanto de
Norteamérica como de Inglaterra, vendrán al Congreso. Y de pensar los grupos disidentes de
Londres mandar allí sus delegados, el Consejo General de Londres ya encontrará algún
motivo plausible para que no se les reconozca. Otra razón es esa: los ingleses, como los
norteamericanos, exclusivamente sumidos en los asuntos de sus propios países, son de una
ignorancia e indiferencia profundas para con la mayor parte de las cuestiones, que agitan y
apasionan el continente de Europa. Y con tal de que el Consejo General no piense en querer
ejercer alguna autoridad, tutela, por mínima que sea, sobre la independencia absoluta de la
agitación política y socialista nacional [de los ingleses], -lo que el Consejo General nunca
intentará hacer- le otorgarán toda la autoridad posible sobre las secciones turbulentas y
rebeldes de los países latinos.
Luego vendrá por fin la gran intriga de Ginebra. Tengo que detenerme un tanto sobre
ese punto, primero por que toca de muy cerca todas las calumnias, de que soy hoy por hoy el
objetivo, y luego y sobre todo porque Ginebra, [fue] muy hábilmente elegida por los
marxianos como lugar de reunión del próximo Congreso.
Antes hubo dos partes en la Internacional de Ginebra: los obreros de la construcción,
casi totalmente compuestos de extranjeros, sobre todo de franceses y saboyanos, y lo que se
llama la Fabrique. Esta, exclusivamente integrada por obreros ciudadanos ginebrinos, incluye 12
todos los distintos oficios de la industria relojera. Los obreros de la construcción son mucho
más numerosos, pero también mucho más pobres, que los de la relojería; puesto que sólo
cobran de 2 a 3 francos y muy pocas veces hasta 4 francos al día, trabajando a lo sumo nueve
meses en el año. Son los verdaderos proletarios, y, por lo menos por instinto, tanto como por
posición, revolucionarios socialistas de verdad. En los buenos tiempos de la Internacional, de
que fueron primero los únicos fundadores, y hasta fines de 1869, votaban constantemente en
todas las asambleas generales de la Asociación las resoluciones más ampliamente socialistas e
internacionales, al contrario de los jefes de la Fabrique, cuya dominación casi absoluta sufren
desgraciadamente hoy por hoy.
La Fabrique, dije, está compuesta exclusivamente de ginebrinos de pura cepa. Como
ciudadanos gozan de todos los derechos políticos y se ufanan de ello, lo que basta para
convertirles en instrumentos (es verdad muy ruidosos y bastante presumidos, pero cuanto
más ciegos) del partido de los burgueses radicales de Ginebra. Los jefes de la Fabrique, no
piden otra cosa que jugar un rol y ocupar posiciones políticas, y esa vanidad de obreros
burgueses es muy hábilmente explotada por los jefes del partido radical. Como obreros
burgueses, profesan naturalmente el socialismo burgués y son grandes enemigos del
socialismo popular, igualitario, anárquico o francamente revolucionario. Eso se explica por
otra parte por el hecho que muchos entre esos obreros, cobrando de 7 francos a 15 francos al
día en una industria del todo de lujo, tendrían poco que ganar en el cataclismo social.
Las tendencias revolucionarias de la Fabrique de Ginebra se manifestaron claramente
en agosto y septiembre de 1869, con motivo de la elección de los delegados por el Congreso
de Basilea y de la discusión sobre su programa. Pellicer Farga, que fue el testigo ocular y
auricular de la lucha, que tuvimos que sostener en esa ocasión, podrá contárselo en detalle.
Las secciones de la Fabrique tuvieron el desparpajo de significar un ultimátum muy
imperativo a los operarios de la construcción, amenazándoles con una separación si no
consintieran eliminar del programa del Congreso [las] dos cuestiones principales: la de la
propiedad colectiva y la de la abolición del derecho de herencia. Que los obreros-ciudadanos
de Ginebra hubieran querido una y otra, nada más natural. Primero estas chocaban sus
instintos de socialistas burgueses, y luego el mantenerlas en su programa y su solución en el
sentido revolucionario habría imposibilitado su alianza con burgueses radicales. Pero fue por
lo menos insolente de parte de ellos pretender dictar la ley a la mayoría. Es lo que [hicimos]
sentir a los obreros de la construcción, diciéndoles, que la paz y la unión eran sin duda alguna
excelentes cosas, pero únicamente cuando se fundaban en la libertad y el respeto mutuo de
todos y no en la subordinación de unos a otros, ¡estuvieran los primeros en mayoría, o hasta
en minoría! Llevamos la victoria, pero es desde esa época que data el odio implacable de los
jefes de la Fabrique contra mis amigos y sobre todo contra mí.
Esos jefes siempre persiguieron dos objetivos, a los cuales nos opusimos
constantemente y que nunca dejé de combatir mientras estuve en Ginebra, o sea
exclusivamente hasta el Congreso de Basilea. El primero de esos objetivos fue, establecer de
derecho y de hecho en todas las secciones de la Internacional de Ginebra el poder
gubernamental discrecional y en cierto modo oculto de los comités, con su inevitable secuela,
la decadencia y la sumisión real del pueblo de la Internacional. El cálculo de ellos, desde el
punto de vista de su ambición era perfectamente justo. Siempre fueron derrotados en las
asambleas generales, donde, por sostener los verdaderos principios de la Internacional y por
estar sostenidos por el instinto revolucionario de las masas, llevábamos la ventaja sobre ellos.
Por eso detestaban francamente las asambleas populares y les preferían las asambleas casi
ocultas de los comités. Es mucho más cómodo ganarse a algunas decenas de miembros que
forman parte de esos comités, tomando a los unos por la ambición, los otros por la vanidad,
los terceros al fin por la codicia, que imponer al pueblo reunido ideas mezquinas y estrechas.
A fuerza de perseverancia, y gracias a la negligencia, no exenta de fatuidad, y a la ausencia de 13
algunos de nuestros aliados allí, hoy caídos en una inacción completa, los jefes de la
Fabrique, tras mi salida de Ginebra alcanzaron su meta. Hoy por hoy la acción de la
Internacional de Ginebra se ha concentrado en los comités; y el resultado de esa victoria no
se hizo esperar: la desmoralización y la desorganización de las secciones, ya un instrumento
entre las manos de los burgueses radicales.
El segundo objetivo que persiguieron los jefes de la Fabrique, siendo que la realización
del primero debía servir como medio, fue precisamente esta solidaridad completa de la
Internacional a la política nacional de los burgueses radicales de Ginebra. Es lo que se llama
en Ginebra, en la Suiza alemana, en Alemania, la participación legítima y necesaria del
proletariado en las cuestiones y luchas políticas de los burgueses. Los marxianos nos
reprochan de querer prescindir de las luchas políticas, presentándonos con falacia como una
suerte de socialistas arcadios
8
, platónicos, pacíficos y para nada revolucionarios. Al decir eso
de nosotros, están mintiendo a sabiendas, porque saben mejor que nadie que nosotros
también recomendamos al proletariado que se preocupe por la cuestión política. Pero la
política que predicamos, absolutamente popular e internacional, no nacional y burguesa, tiene
como meta no la fundación o la transformación de los Estados, sino su destrucción. Nosotros
decimos, y cuanto vemos hoy en Alemania y en Suiza nos confirma que la política de ellos
propensa a la transformación de los Estados en el sentido supuestamente popular, sólo puede
desembocar en una nueva supeditación del proletariado a favor de los burgueses. ¿A quién
vemos en efecto en Ginebra? Al señor Grosselin, el corifeo, el gran orador y el principal jefe
de la Fabrique, quien tiene hoy por hoy su escaño de diputado en el Gran Consejo
pronunciando allí hermosos discursos acuñados con un socialismo burgués muy tímido,
mientras que el poder real permanece concentrado exclusivamente entre las manos de los
burgueses, cuanto más poderosos que la misma Internacional se ha convertido hoy en su
juguete.
Por lo tanto existe ahora, pero únicamente con esta condición, la más íntima alianza
entre el gobierno radical y la Internacional de ninguna manera socialista, sino en cambio muy
política de Ginebra. Y Marx fue muy bien inspirado, al elegir precisamente Ginebra para el
próximo Congreso. Eso añadirá primero a la mayoría marxiana el número respetable de 32
delegados ginebrinos y para sostener la pandilla habrá la alta protección gubernamental y los
puñetazos de la población ginebrina amotinada en contra nuestra.
Ya se puede predecir que el Congreso acabará en un horrible escándalo. Pues bien, a
pesar de todo, iremos allí a defender los principios del socialismo revolucionario, y tenemos
la firme esperanza, que se presentará con nosotros una minoría imponente, compuesta de
españoles, italiano, franceses y belgas, y que dicha minoría salvará y la libertad y la misma
existencia de la Internacional.
[Petición concreta de la carta de Bakunin]
Puesto que en el fondo tengo que preguntarle a usted algo muy sencillo, le dirigí esta
carta tan larga, ciudadano, porque me pareció útil y justo que tras haber oído todas las
mentiras, que nuestros enemigos llevaban por todas partes contra nosotros, usted y sus
amigos escucharan al fin, de nuestra propia boca, la exposición verídica de nuestros
sentimientos, nuestras opiniones e intenciones.
Ahora le corresponde juzgar a usted. En cuanto a la solicitud que creo tener el pleno
derecho de dirigirle es muy sencilla y sin duda usted ya la habrá adivinado.

8
Arcadio, oriundo de Arcadia: En este lugar imaginado reina la felicidad, la sencillez y la paz en un
ambiente idílico […] posee casi las mismas connotaciones que el concepto de Utopía o el de la Edad
de oro. Wikipedia.14
Le he dicho que ignoro todavía el contenido de las calumnias que usted oyó proferir por
el señor Utin contra mí; pero supongo, que habrían podido ser muy graves, puesto que
pudieron incitarle a expresarse sobre mi persona de modo dubitativo, es verdad, pero que no
deja de ser muy injurioso para mí. Usted comprenderá [que] no puedo quedar tranquilo con el
dilema que me plantea dándome por compañero al señor Utin y dado que usted pensó deber
presentarme este dilema, es igualmente su deber darme el medio de salirme del mismo. Para
eso sólo hay un único medio, y es que me repita cuanto antes cuanto le dijo el señor Utin u
otros contra mí, y no sólo contra mí, porque si soy el principal acusado, tengo la certeza que
no soy el único, habiendo buena parte de mis amigos Adhémar Schwitzguébel y sobre todo
James Guillaume.
No necesito decirle a usted que al repetirlo todo, y absolutamente todo cuanto hubiera
oído decir contra nosotros, usted cumplirá con un único [sencillo] deber y no cometerá un
acto de indiscreción e indelicadeza. Ningún hombre, que acusa a otro de acciones infames, a
no ser que sea un cobarde, osará pedir el secreto, excepto si pretende hacer de quien le
escucha su cómplice. Por otra parte, usted ha de desear al igual que yo mismo, como nosotros
todos, que se haga la plena luz, que los chismes horribles, que la baja calumnia no puedan ya
renacer nunca más. Y para esto sólo existe un medio, es decir toda la verdad, repetir fríamente
cuanto se oyó, cuanto se sabe.
Por tanto en nombre de mi derecho incontestable, en nombre de su propia honra, por el
interés mismo de la Internacional le pido que tenga a bien responderme, con la mayor
precisión y fidelidad de detalles a las cuestiones siguientes:
1) ¿Qué son los hechos que Utin, H. Perret, Marx o algún otro individuo de la misma
compañía formularon tanto contra [mí como contra] mis amigos Guillaume y Schwitzguébel,
y qué pruebas le aportaron en apoyo a sus acusaciones contra nosotros?
2) ¿Ante quiénes y en qué circunstancias esas acusaciones se hicieron contra nosotros?
¿En conversaciones privadas o en plena conferencia?
3) ¿La Conferencia de Londres trató de éstas oficialmente? ¿Y de ser así, qué son las
resoluciones que acordó en relación con nosotros?
Deseo avisarle, ciudadano, que unas copias de esta carta, que recibirá de las manos de
nuestros amigos de Barcelona, serán remitidas por nosotros a varios íntimos amigos de
diferentes países, y que haré lo mismo con la respuesta que espero recibir pronto de usted, sea
la que sea. No necesito añadir que a falta de simpatía, cuento con su lealtad y su justicia
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Documento adicional
Lorenzo se había retirado en julio en casa de su amigo Manuel Cano, en Vitoria, y sólo
recibió la carta [de Bakunin] el 15 de agosto; la contestó el 21 de agosto. Su respuesta, que
se conservó entre los papeles de Bakunin, es evasiva; acababa de dejar su puesto en el
Consejo Federal español […], para no encontrarse complicado más tiempo en las luchas
intestinas que amenazaban con destruir la International en España: no trató de intervenir en
la querella entre Marx y Bakunin aceptando el papel que este le pedía que asumiera.
Respondió:
“Compañero Bakounine,... No puedo precisar ninguna de las acusaciones dirigidas
contra usted por Utin.... Lo que oí sobre usted se dijo en las sesiones oficiales de la
Conferencia, y se halla en los documentos que podrán ser reclamados en el próximo
Congreso de La Haya: se verá allí lo que usted desea conocer, sin que yo tenga que acusar a
nadie a propósito de lo que -con tuerto o con razón, no lo sé- pudo decirse contra usted u
otros; evitaré así el desempeñar el papel de delator... Me abstengo de discutir de la cuestión

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James Guillaume en L’Internationale o. c., pp. 291-292, presenta otro principio y otro final de la
carta a Anselmo Lorenzo, pero de hecho se trata de un esbozo de carta del 24 de abril.15
de principios. Le agradezco la exposición que me hizo de lo que profesa, porque usted
contribuye de ese modo a ilustrarme; y le declaro a mi turno que mis principios, o, por
decirlo mejor, mi convicción y mi conducta como internacional consiste en reconocer la
necesidad de agrupar, y a intentar agrupar, a todos los trabajadores en una organización
que, siendo una fuerza social para luchar contra la sociedad actual, sea una fuerza
intelectual que estudia, analiza y afirma por sí misma, sin necesidad de mentores de ningún
tipo, y sobre todo de quienes poseen una ciencia adquirida por los privilegios de que gozan o
gozaron, sea lo que fuere su pretensión de colocarse como abogados del proletariado.»
[Carta reproducida en] Nettlau [Michael Bakunin, eine Biographie, Londres, 1896-
1900], p. 590.
A propósito de esta respuesta, de la que remití también una copia a Anselmo Lorenzo a
petición suya (se había olvidado del contenido), él me escribió, el 30 de enero de 1906: «
Vuelvo a encontrar en esta respuesta mis frases habituales, lo que podría llamarse mi estilo.
Esta lectura me dio pena, porque, bajo la impresión de las circunstancias espéciales en las
que me hallaba, había escrito con cierta dureza, muy alejada de la admiración y del respeto
que me inspiró siempre Bakounine. Dimisionario del Consejo Federal de Valencia, víctima de
las enemistades y de los odios que habían entrañado las disidencias, yo que siempre rehuí de
las luchas personales, y encontrándome en aquel entonces, por dichas causas, aislado y
triste, escribí con este tono, que hoy en día reconozco injusto. »
(Guillaume James L’Internationale (Documents et souvenirs), París, 1985, -
reproducción de la edición en cuatro tomos, entre 1905 et 1910-, tome II, quatrième partie,
chapitre IV, p. 293.