domingo, 19 de diciembre de 2010

La última carta que Julio Cortázar escribió a Alejandra Pizarnik


París, 20 de enero de 1972

Bichito:

...........HE TOMADO BUENA NOTA
...........NOTA BUENA TOMADO HE
...........HE BUENA TOMADO NOTA
...........HE NOTA BUENA TOMADO
................................................o sea que los famas de la Gluglú-enheim pueden escribirme y entonces yo tomo la pluma en la mano para decirles lo que pienso de vos
...........QUE ES MUCHO
...........como saben todos los que me conocen.

...........Por el momento no se han manifestado, pero ya tengo la costumbre de recibir sus ominosos sobres, de manera que no te preocupés, yo les voy a decir despacito y con buena letra lo que tengo que decirles sobre Halejandra.

...........¿Vos sabías que un tal Licofrón, detto "el Oscuro", escribió un poema en la época de la decadencia griega, y que el poema se llama LA ALEJANDRA?

...........¿Y que en realidad Alejandra es Casandra?

...........Decí ¿lo sabías?

...........Qué vas a saber, ignoranta. Pero es así, y Mallarmé es más simple que Mario Binetti al lado de ese monumento de oscuridad.

...........O sea que las Alejandras nos jabonaban el piso desde hace rato. En fin.

...........NOTA A LA LECTORA: ÉSTA NO ES UNA CARTA. Pero sí una respuesta para que el bichito porteño sepa que Julio no duerme, que espera las guggenhejeremiadas, y que ahí te quiero ver.

...........Un día iré a Buenos Aires (no puedo decir en un avión de alas negras porque me vas a tomar por Perón) y entonces, mejor que toda carta, que toda palabra, será mirarse y una vez más saber tantas cosas. Te quiero mucho,

........................................................................................Julio

sábado, 11 de diciembre de 2010

Cartas francesas Jorge Luis Borges


-Mi Prosa
-Un argumento
-Alguien sueña
Cartas Francesas
En octubre, la casa de subastas de Drouot-Montaigne, en París, puso a la venta veintitrés cartas inéditas, manuscritas en francés, que Jorge Luis Borges envió a su amigo Maurice Abramowicz desde Palma de Mallorca, Sevilla y Barcelona. En ellas, Borges sigue haciendo literatura. No cuenta lo que ha vivido sino lo que ha leído, lo que se imagina que un joven poeta de su edad debe haber hecho. Se jacta de haberse emborrachado, de haber frecuentado burdeles, y juzga por encima del hombro a varias celebridades literarias, entre ellas a Mallarmé. Pero aun en esos momentos de efusividad epistolar, se advierte que Borges no es meramente un muchacho con inclinaciones literarias. Hay en lo que escribe una gracia que no es sólo la de un joven, sino la de ese futuro gran escritor que habría de ofrecer una nueva visión del mundo a sus lectores.
Palma de Mallorca, 12 de junio de 1919
...Palma, donde estamos, es una ciudad muy hermosa, amable, pero también monótona y calma. Tiene un aspecto vagamente morisco El aire es ardiente, el clima de un calor agotador y el cielo de un azul que invita a lavar ropa blanca, termina por producir la impresión de hallarse en África, de la que, por otra parte, no estamos lejos...

20 de agosto de 1920, Valldemosa
¡Muy querido! Yo también pasé por una etapa de neurastenia bastante pronunciada... Aquí el clima enervante y el medio idiota y gritón me enferman...
...la criada del doctor tiene la idea fija de casar a su amiga. Primero (porque yo le hacía cumplidos adrianescos a la ingenua y la besaba cuando podía) me eligió como víctima... La pequeña me habló de su deseo de ir a Buenos Aires y del disgusto que le causaba saber que yo no era creyente. Me propuso abjurar de mis blasfemias sobre la Virgen, ir a misa con ella, confesarme y comulgar juntos. ¡Encantadora! Ahora, ante mi resistencia estoica, se ha encontrado otro candidato...

Sevilla, 1 de diciembre de 1919
...Una gran calma. El sol me parece fatigado. El aire azul está lleno de campanas... Yo, últimamente, he trabajado regularmente como una máquina, sin gran entusiasmo, es verdad, pero siempre garabateando mis tres o cuatro páginas diarias. Lo más difícil es el primer impulso. Después todo se corrige solo; se suprimen las palabras que riman, las que se repiten y los galicismos, tan frecuentes en mi prosa española como lo son los hispánicos en mi francés

Sevilla, 12 de enero de 1920
...Hice aquí algunos amigos muy amables, poetas ultraístas, fervientes adoradores de Baudelaire, Mallarmé, Pérez de Ayala, Apollinaire, Darío... y con ellos he noctambuleado bastante, discutido, emitido juicios arbitrarios bajo los reverberos cuyas llamas de oro me hacen pensar (ultraístamente) en budas fervientes que invocan a la noche frondescente, hemos vaciado vasos, inspeccionado bailes de prostitutas, comido churros, jugado y hasta ganado a la ruleta soy de tu parecer en lo que concierne al bolchevismo. Es un sucio conjunto de canallas arribistas que llegará y hará de la vida algo monótono e inmoral.

No fechada
...En cuanto al resto, mi vida es siempre la misma o más o menos y ningún soplo de huracán agradable o desagradable ha venido a agitarla. Aquí, en el hotel, me hice de algunos conocidos, en particular un joven más bien anticuado, del tipo 1830, romántico trasnochado antimaximalista, con vagas aspiraciones hacia lo Bello y lo Bueno (con mayúsculas), cree en la inmortalidad del alma. Escribe poesías al estilo de Henri Heine y detesta a los ultraístas que hacen metáforas enormes y barrocas y cantan los temas caros a Marinetti. Muy germanófilo, como todos los españoles (no a causa de Alemania que conoce muy poco sino más bien por desprecio de los franceses, a los que considera como pequeños hermafroditas, enclenques y charlatanes)... Estoy en un periodo Nirvana y de trabajo calmo y regular. A veces pienso que es idiota tener esta ambición de ser un hacedor más o menos mediocre de frases. Pero ése es mi destino. En el fondo, estoy seguro de que ninguno de nosotros dos, amigo, tenemos las preciosas cualidades requeridas para ser ya sea monos que gesticulan sobre el socialismo, ya sea Zaratustras de salas de juego y de casas de cita, como dice el único Baroja.

No fechada
...primero, te confesaré que la constante mención de Mallarmé me desconcierta. Mallarmé me ha parecido siempre un hombre disfrazado de una teoría tan poco maravillosa como las teorías que cualquiera inventa en un cenáculo. Pero, en fin, sólo conozco su obra superficialmente. De todos modos estoy convencido de que Rivière se engaña cuando afirma que el dadaísmo constituye la realización integral de la personalidad. En teoría puede ser. En la práctica, los dadaístas trampean todo el tiempo, clasifican pequeñas observaciones sexuales adecuadas para escandalizar a los filisteos, buscan los juegos de palabras; las asociaciones grotescas, las bromas. Por otra parte, ¿te imaginas un dadaísta sin público?...

No fechada
Acabo de hojear Clérambault, de Romain Rolland: apuesto que ese viejo burgués hablará de su papel puro durante la guerra y de la fraternidad, comprensión, etcétera, hasta el día de su muerte. Apollinaire ha cometido poemas chauvinistas, como Una estrella de sangre me corona para siempre, pero eso vale más quizá que la indecencia espiritual de un hombre como Rolland. La descendencia de Whitman me harta. ¡Janker funesto! Los alemanes y los franceses se odian porque en el fondo son la misma cosa: arribistas de la cultura. Han producido hombres de genio, está bien, pero nunca hay que juzgar a las razas por sus excepciones. Y el pueblo es tan bárbaro en Francia como en Suiza, como en Alemania y como en Inglaterra. Mira a las mujeres del pueblo de Ginebra. Es horrible, ¿no? Y bien, aquí, en España, en Italia, en Grecia, el pueblo está bien: las mujeres saben caminar, sonreír, mirar, bajar los ojos Y eso es un arte Mientras que en la época en que nosotros (nosotros, étnicamente) escribíamos los salmos, Europa no era nada. Si no eres un griego o un español, la única manera de tener un poco de cultura en los huesos, es ser judío como tú. O italiano, o moro La pluma que se fatiga. Los lugares comunes que faltan. El alcohol que se disipa. ¡La noche y las mujeres! ¡Y los balcones escondidos! ¡Y la jovencita (ñ años!) que esta mañana me hizo el insigne regalo de su sonrisa!

No fechada
Querido hermano: desde la ciudad rectangular e inmunda, lanzo hacia ti mi corazón como una red. Pasado mañana parto. He dejado Palma con una vasta pena. Alomar, Sureda y yo, escribimos el manifiesto que sabes y que provocó un asombro y un escándalo espléndidos Después, en la ruleta tuve una suerte inaudita ­para mí­ ( pesetas con un capital de una peseta!) y que me permitió triunfar tres noches seguidas en el burdel. Una rubia suntuosamente chancha y una morena que llamábamos La Princesa y sobre cuya humanidad me embriagué como un avión o un caballo (¡una catalana, perdóname!). Ahora la gloria se ha apagado. Me siento "como un huérfano pobre sin su hermana mayor". Verdaderamente he amado a esa Luz que me trataba como a un chico y cuyos gestos eran de una indecencia ingenua. Se parecía a una catedral y a una perra. Escríbeme a Posta restante en Buenos Aires. Comparto tu aversión por Helena. Me envió una carta estilo Jean-Christophe. No es ni natural ­como Luz­ ni sabiamente artificial como cierta joven de buena familia que cortejé en Palma y cuyos silencios eran una obra de arte...
Traducción de Hugo Becacecce
17-11-96.La Jornada, México.
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Jorge Luis Borges
-Mi prosa
El 14 de junio se cumplieron diez años de la muerte de Jorge Luis Borges. Ningún otro autor del idioma cuenta con mayor influencia cultural. En este momento, alguien lo sueña en Finlandia y alguien lo cita en japonés. Sobre él se han escrito varias bibliotecas, cada una de proporciones borgeanas. Maurice Blanchot vio en su obra ``la infinita multiplicidad de lo imaginario''. En el laberinto de los efectos y las causas que llevan a Jorge Luis Borges, hemos encontrado su propia voz. En 1973 dio dos conferencias, una dedicada a su poesía y otra a su prosa. Ofrecemos una refutación del tiempo: Borges tiene la palabra.
El estilista admirable y novelista ilegible Walter Pater dijo o escribió que todas las artes aspiran a la condición de la música. No dio sus razones, o mi memoria las ha olvidado en este momento. Yo creo que una razón de esta afirmación podría ser que en la música el fondo y la forma se confunden. Buscaré un ejemplo muy sencillo, la más pobre de las melodías: la milonga (soy argentino). Si yo recuerdo una milonga y me preguntan cómo es, sólo puedo silbarla, ni siquiera estoy seguro de que pueda silbarla bien, digamos tararearla; el fondo y la forma son lo mismo. En cambio nos creemos que en prosa, por ejemplo, hay un fondo y hay una forma y pensamos que en la filosofía ocurre lo mismo. Yo he llegado a sospechar que esto puede ser un error. Desde luego podemos contar el argumento del Quijote, podemos creer que podemos contarlo, pero el argumento del Quijote, contado, es quizás el argumento más pobre, y el libro es quizás el libro más rico de la literatura, es decir, nos equivocamos al pensar que un argumento puede referirse. Stevenson dijo que "un personaje de ficción es una hilera de palabras" pero algo en nosotros se rebela contra esa afirmación. Es verdad que (sigamos con el mismo ejemplo) Alonso Quijano soñó ser Don Quijote y llegó, a veces, a serlo. Es verdad que Alonso Quijano parece ser la "hilera de palabras" que para siempre escribió Cervantes, pero todos sabemos, o mejor dicho, lo sentimos, que es la mejor forma de saber, que Don Quijote no consta únicamente de las palabras escritas por Cervantes. Una prueba de esto la tendríamos en La vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno. Cervantes no nos dice qué soñó Don Quijote entre una y otra aventura, quizá lo dijo una vez cuando habló de la cueva de Montesinos, pero, en general, no lo dice, y sin embargo sabemos que Don Quijote entre una y otra aventura durmió, y sin duda soñó. Quizá soñó con Don Quijote, quizá soñó con la época en que era Alonso Quijano, quizá soñó con Dulcinea que empezó siendo un sueño, y no Aldonza Lorenzo, pero, en fin, nosotros sabemos que no sólo en el Quijote sino en toda novela digna de ese nombre los personajes existen no sólo cuando están en escena, sino que viven durante su ausencia, por ejemplo en la tragedia de Macbeth (busco un ejemplo ilustre): si aceptamos que la obra está dividida en cinco actos, y esas divisiones son posteriores, debemos suponer que, entre esos actos, los personajes siguen viviendo. Si no suponemos eso, el libro no existe, los personajes son "hileras de palabras''.
Desde luego, hay personajes que viven unas pocas líneas, pero viven para siempre. Y aquí otra vez vuelvo a ser argentino, aunque lo soy siempre, y recuerdo aquella estrofa de Hernández: ``Había un gringuito cautivo / que siempre hablaba de un barco / y lo ahogaron en un charco / por causante de la peste. / Tenía los ojos celestes / como potrillito zarco." Pues bien, ese personaje, ese niño que ha atravesado el mar para morir en la pampa ahogado en un charco, tiene una vida de exactamente seis versos de ocho sílabas cada uno, pero quizá esa vida sea una vida más plena que la vida (seamos irreverentes, ¿por qué no?, ya que estamos entre amigos) de los dos personajes de Joyce: la de Bloom y la de Dédalus. Sobre Bloom y sobre Dédalus sabemos un número casi infinito, o suficientemente infinito o, bueno, fatigadoramente infinito de circunstancias, pero no sé si realmente los conocemos. Joyce contesta a una serie de preguntas, pero no sé si nos da un personaje; y aquí vuelvo a uno de mis hábitos, que es la literatura escandinava medieval. Recuerdo un personaje de la saga de Grettir. Ese personaje tenía una chacra en lo alto de un cerro, en Islandia. Yo puedo imaginármelo bien, he estado en Islandia, conozco esa luz de atardecer que dura desde el alba hasta la noche con el sol siempre bajo, siempre nublado, y que produce una grata melancolía. Ese hombre vive en su granja en lo alto de un cerro y sabe que tiene un enemigo. El enemigo (todo esto ocurre en el siglo XII) va a caballo hasta la casa, descabalga y llama, y entonces el héroe de este capítulo, que se llama "De la muerte de Gúnar", creo, no estoy seguro del nombre (bueno, puede llamarse Gúnar por algunos pocos minutos, los que tardará la referencia), dice: "No, ese golpe es muy débil: no voy a abrir"; luego el otro golpea con más fuerza en la puerta, y entonces Gúnar dice: "Este golpe es fuerte: voy a abrir." Sale y está lloviendo; una lluvia fina, como la que está cayendo en este momento, cae en la página de aquel capítulo de aquella saga, y entonces abre la puerta y mira, pero al mismo tiempo no se asoma mucho, quiere resguardarse de la lluvia. Como nosotros sabemos que va a morir, el hecho de que él quiera guarecerse de la lluvia hace que ese acto común, de medio asomarse a la puerta, sea un acto patético. El otro, que se ha escondido a la vuelta de la casa (es una casa estrecha, una pequeña granja, como las que yo he visto en Islandia), sale corriendo y lo mata de una puñalada. El héroe cae muerto y al morir dice estas palabras que me parecen admirables, que me estremecieron cuando las leí: ``Ahora se usan estas hojas tan anchas.'' Es decir, el hombre está muriendo y ni siquiera dice algo referente a su muerte. En estas palabras, "ahora se usan estas hojas tan anchas", supongamos que sean siete en islandés, aunque no estoy seguro que sean siete como en español, en esas palabras está dado el hombre entero, porque vemos su valentía, vemos el interés que le inspiraban las armas, tiene que haber sido un guerrero por el hecho de que le interesa más ese pormenor del arma que su propia muerte. Es decir, el personaje está creado para siempre en esa línea.
Y lo mismo diríamos de Yorick. Yorick es un poco más longevo porque tiene unas siete u ocho líneas de vida, o mejor dicho, su calavera tiene siete u ocho líneas de vida, pero nos está dado para siempre. En cambio, cuando Hamlet muere (vuelvo a ser irreverente), Shakespeare, que fue muchos hombres y entre ellos un empresario de teatro, un hombre de Hollywood que buscaba buenos efectos, le hace decir: ``Lo demás es silencio.'' Es una de las frases más huecas de la literatura, me parece, por que no está dicha por Hamlet, está dicha por un actor que quiere impresionar al público. Y ahora tomemos otra muerte, volvamos a nuestro amigo Alonso Quijano. Alonso Quijano, que soñó ser Don Quijote y luego al morir comprendió (no como moraleja: esto hace más patética la fábula) que no era don Quijote, sino Alonso Quijano el Bueno. Entre plegarias y quejumbres de quienes le rodeaban, "dio su espíritu, quiero decir que se murió". (Cito de memoria, es decir, cito mal. Conozco tan bien el libro que no he buscado referencias en él.) Esta frase, 'quiero decir que se murió', puede haber sido escrita deliberadamente, no lo creo, y además no importa. Puede haber sido escrita para recordar otra alta agonía, la de aquel judío crucificado, la de Jesucristo, que ``dio su espíritu'' también. Pero no creo que Cervantes haya pensado en Jesús, en aquel momento. Creo que esa frase, que al principio podría parecer una torpeza, que para un académico (y soy académico también) puede parecer una torpeza: ``¿Cómo? ¿Fulano dio su espíritu, quiero decir que se murió? ¿Qué es esa explicación en el momento más alto de la obra?'', yo creo, es verdad, en esa explicación, si es que los hechos estéticos tienen explicación, ya que de suyo son milagrosos. Pensemos en Cervantes. Cervantes había soñado a Don Quijote, mejor dicho: Alonso Quijano soñó ser Don Quijote; Cervantes fue, de algún modo, Alonso Quijano y Don Quijote. Fueron amigos, ya que un personaje escrito se nutre de su autor, porque si no, es nada, es la mera "serie de palabras" de Stevenson (que no sé por qué escribió eso). Entonces, Cervantes tiene que despedirse de él, de ese amigo suyo, y no menos amigo nuestro: Alonso Quijano, que reconoce su fracaso, que reconoce no ser el Don Quijote del siglo de Lanzarote que él hubiera querido ser. En ese momento Cervantes está conmovido y por eso da con esa frase de una tan eficaz torpeza: ``el cual dio su espíritu, quiero decir que se murió''.
Todo esto nos llevaría a una conclusión acaso aventurada, pero no hay razón alguna para que no seamos aventurados: lo importante es la entonación. En esa frase, ``dio su espíritu, quiero decir que se murió'', en la torpeza de esa frase, en esa traducción, en esa variación que puede parecer inútil, está la emoción de Cervantes y nuestra emoción ante la muerte del héroe. Es natural que el autor esté turbado, es natural que no dé con una frase brillante, porque las frases brillantes corresponden a la retórica y no a la emoción.
Creo que este pasaje es uno de los más admirables de la literatura, y quizá sea uno de los más admirables porque no fue hecho deliberadamente. No creo que Cervantes pensara en la ventaja de una frase ligeramente torpe para corresponder a la emoción que lo trataba. Dio con esa frase porque estaba emocionado. Con esto vuelvo a lo que dije antes: lo importante en verso y en prosa es dar con la entonación justa, es decir, no hay que alzar demasiado la voz ni bajarla demasiado. Por ejemplo: ``¿Cuándo te veo?, dicen el Mosel, el Rhin, el Tajo y el Danubio llorando su desventura'' en aquel espléndido soneto al Duque de Osuna. Sentimos que hay algo falso, ya que a los ríos poco puede importarles su muerte, es un efecto, nada más que literario, aunque no sólo en el mejor sino en el peor sentido de la palabra.
Y ahora, al fin, dirán ustedes, llego al tema de mi conferencia. Creo haberles preparado con estas cavilaciones previas. El tema es Mi prosa. Esa palabra, la ``prosa'', puede entenderse de dos modos. Podemos pensar en la técnica de la prosa y entonces vendrían aquellas diferencias entre el fondo y la forma, aunque si creemos que un libro puede ser referido nos equivocamos. Tomemos un ejemplo literario en el cual el argumento es importante, ``La carta robada'', de Poe. Alguien tiene que esconder una carta y la esconde dejándola al desgaire en un escritorio, en un lugar muy evidente, y es ahí donde la policía, con sus microscopios, lupas y medidas de las pulgadas cúbicas, no la encuentra. Luego Dupont entra allí, ve una carta desgarrada encima de la mesa y sabe que ésa es la carta que ha buscado la policía, engañada por la superstición de que si uno quiere esconder una cosa, donde debe ocultarla es en una rendija, en un escondrijo, en un resquicio. Pues bien, tenemos una idea bastante evidente, la idea de esconder algo mostrándolo de un modo demasiado visible. Es la idea que usó Wells también en El hombre invisible. Yo he contado a la ligera el argumento de Poe que me leyó mi madre, hará unos diez días, y estoy seguro de que ese relato mío no equivale al texto, porque en el texto hay otras cosas, por ejemplo, hay una discusión sobre el ajedrez, sobre la virtud del juego de las damas frente al juego del ajedrez, sobre la amistad de Dupont y el narrador, hay un personaje cómico, el prefecto de policía. Hay la sorpresa de que Dupont encontrará la carta cuando creímos que ni siquiera había emprendido la empresa de buscarla. No sé hasta dónde un libro, un cuento, puede referirse, siempre pierde algo, salvo en el caso de textos muy breves; es decir, el libro aspira a la condición de la música, porque en la música la forma es el fondo y el fondo es la forma. Desde luego, yo puedo contar el argumento de un libro, y no puedo contar el argumento de una melodía muy sencilla, es decir, puedo simplemente repetirla, pero hay algo más en el libro de lo que puede ser referido, hay algo más en un libro que su índice, que su resumen: hay el libro mismo. Esto nos lleva al misterio central de la literatura: ¿qué es la literatura? Ante todo, ¡qué extraña es esa idea del hombre de querer crear otro mundo! Ya Platón se asombraba de esto, un mundo de palabras, además del mundo de percepciones y meditaciones, de perplejidades, de angustias, de dudas. Eso ya es raro, pero además, las palabras no sólo son su sentido. Los diccionarios nos engañan, los diccionarios nos hacen creer que un símbolo es traducible en otro, y no es exactamente traducible. Por ejemplo, si yo digo en español: 'estaba sentadita', en la palabra "sentadita" hay no sólo la idea de una criatura sentada sino una simpatía por ella, un compenetrarse con ella, un sentir la soledad. O "estaba solita": esto no puede decirse en otros idiomas, quizás en inglés podríamos decir: "she was all by herself'', eso puede acercarse al diminutivo "solita", pero no del todo. Tenemos además otras cosas: podemos decir 'Thor era para los escandinavos el Dios del Trueno'', ya que la palabra Thor significa trueno y significa Dios, o para los sajones Thunor, que tiene ambos sentidos. Pero esta idea del Dios del Trueno es demasiado compleja para los germanos. Sin duda, para ellos Thor o Thunor eran ambas cosas, era el estruendo y era la divinidad, no eran el Dios del estruendo, eran las dos cosas, es decir, las palabras tenían un sentido mágico. Después fuimos haciéndonos más razonables, pero uno de los deberes del poeta, una de las ambiciones del poeta, es restituir la palabra a la magia primordial, hacer que la palabra sea un mito.
Y ahora que creo haber abundado con exceso en reflexiones generales, hablaré con toda humildad de mi comercio con la prosa. Empezaré por una confesión personal. En cada época hay un género literario que se supone superior a los otros. Por ejemplo, en el siglo XVIII todo escritor tenía que escribir una tragedia en cinco actos, eso era obligatorio. Cuando Anatole France empezó a escribir, publicó un libro, creo titulado algo así como Poeme Doré; se entendía que había que empezar por un libro de versos. Luego, felizmente para él y para nosotros, se dio cuenta de su error y nos dejó libros de otro tipo. Ahora parece que la novela es el género. Yo soy un escritor que ha logrado algún renombre, demasiado renombre, un inmerecido renombre por sus libros y, sin embargo, no he escrito ninguna novela y no pienso escribirla. La gente siempre me pregunta: "¿Cuándo va a escribir usted una novela?" Yo les digo que nunca, y les explico la razón, que es muy sencilla, y es que la novela, fuera de algunos ilustres ejemplos (no voy a enumerarlos) no me interesa profundamente, y en cambio el cuento y la poesía me han interesado siempre, desde que yo era niño.
Me dirán ustedes que yo he citado dos veces el Quijote, pero no sé hasta dónde el Quijote es una novela en el sentido actual de la palabra; es una sucesión de aventuras, más o menos parejas, que sirven para definir el carácter de los héroes; el orden puede invertirse. Podemos abrirla por cualquier página, sobre todo en la segunda parte, que me parece muy superior a la primera, y seguir leyendo. Ya conocemos a Don Quijote, ya conocemos a Sancho, ya conocemos a sus enemigos, lo demás no importa. Lo importante es el diálogo, que no siempre es un diálogo de palabras sino de silencios o de hechos y hasta de pequeñas hostilidades también, el diálogo de esos dos amigos, Don Quijote y Sancho; es decir, no sé hasta donde esta novela es una novela. Pero al hablar de la novela querría recordar a Joseph Conrad, para mí uno de los mayores novelistas, ahora injustamente olvidado. Se debe a que la fama de todo autor es un periodo, es una sucesión de claridades y de eclipses, de suerte que no importa que en este momento Conrad esté olvidado, y si es que está olvidado ya le llegará su turno. Pues bien, yo siempre fui lector de cuentos. Uno de los primeros libros que leí fue Las mil y una noches en la versión inglesa de Lang. Después he leído otras traducciones, que son más exactas, me dicen, digamos la de Burton, la de Rafael Cansinos Asséns, que quizá sea, literariamente, superior a las otras, pero he tenido siempre la impresión de que todas las versiones que he leído son traducciones de la de Lang, porque la de Lang, simplemente, fue la primera que leí, de modo que para mí la versión árabe (no conozco el árabe) tiene que ser una traducción más o menos buena de la traducción inglesa de Lang. Luego leí también los cuentos de Poe. Es curioso que ese escritor, que quiso ser escritor para pocos, que fue un hombre de genio extraordinario, sea ahora, sobre todo cuando uno empieza a leer, un autor para niños. Los niños leen los cuentos de Poe y sienten su horror. En cambio, un lector más maduro puede sentir que hay un exceso de pompa, de pompa fallida en su prosa, que las decoraciones, las bambalinas están un poco envejecidas. Ya "el negro cuervo sobre el blanco mármol'' no nos emociona, ya lo conocemos demasiado, ya sabemos que va a decirnos "never more": nunca más, y preferimos buscar nuevos poetas.
Pues bien, a lo largo de mi vida yo leía cuentos, y recuerdo en mi infancia el agradable horror de los primeros hombres en la luna. Cuando los hombres llegaron a la luna me sentí emocionado, lloré, pero me emocionaron más los dos personajes de Wells que habían llegado a la luna unos setenta y tantos años antes. Es verdad que no habían llegado, o mejor dicho: habían llegado del único modo verdadero, que es el de la imaginación, tan superior a los meros hechos, que son de suyo, como diría Lugones, efímeros. Pues bien, yo leía a Poe, leía The Jungle Book de Kipling. Eso no me gustaba tanto porque a mí me gustaban mucho los tigres, y el tigre de The Jungle Book no es precisamente el héroe de esa serie, sino la pantera Baghera; eso me molestaba un poco. Pero Kipling no tenía por qué adivinar mis preferencias, de suerte que yo leí las Mil y una noches, las nuevas Mil y una noches de Stevenson, que de algún modo se acerca al Hombre fantasma de Chesterton. También leí libros de un valor literario muy inferior, las novelas gauchescas de Eduardo Gutiérrez, Juan Moreira, Los hermanos Barrientos, Hormiga negra; una biografía de mi abuelo que él escribió, Siluetas militares, que he releído muchas veces y que he plagiado muchas veces también en verso; El tigre de Malasia, de Emilio Salgari. Eso de que el plagio es la forma más sincera de la admiración, creo que es cierto. Bueno, toda mi vida leía cuentos y leía también, como es natural, novelas, pero fui derrotado, estoy resuelto a deshonrarme literariamente ante ustedes. Fui derrotado por Madame Bovary. Nunca me interesó. Fui derrotado por la aburrida familia Karamazov. No me interesaron nunca. Pero seguía leyendo cuentos y creo que quizá los primeros que leí pudieron haber sido, después de los cuentos de Grimm, que sigo admirando, los cuentos de Kipling, que pueden haber sido los últimos que leo y releo sin penetrarlos del todo; hay en ellos siempre un trasfondo de misterio. Pues bien, yo era por aquellos años de 1920, tan lejos ahora, un joven poeta ultraísta, quería renovar la literatura, quería ser el Adán de la literatura, quería abolir toda la literatura anterior, sin comprender que el lenguaje mismo en que escribía ya es una tradición, porque un idioma es una tradición y los autores que influyen más en un escritor son los autores que no he leído nunca, los autores que han creado el lenguaje, los desconocidos autores de la Biblia, pero también autores mediocres, autores humildes, todos esos van impresionándonos, y además la vida, la vida que nos da continuamente belleza. Ayer recordé aquella frase de Cansinos Asséns: "Dios mío, ¡que no haya tanta belleza!" El sentía la belleza de todo y de todos los momentos. Yo escribía malos versos, escribía artículos, crítica, en una insufrible prosa arcaica. Y luego sucedió algo, ese algo ocurrió en 1929, puedo dar la fecha precisa. En 1929 murió un amigo mío, que yo no osé nunca llevar a mi casa, mi madre no lo hubiera admitido, don Nicolás Paredes, que fue caudillo del barrio de Palermo. Debía dos muertes. Esto lo supe por el comisario o por dos comisarios que me lo contaron, él no se jactaba nunca de ello. Además, él solía decir: "¿Quién no debía una muerte en mi tiempo?, hasta el más infeliz." Yo le vi desafiar a hombres más vigorosos que él, más jóvenes, vi los dos cuchillos sobre la mesa, vi el desafío y luego, cuando esperaba ver el duelo, el otro, el joven, el fuerte, se achicaba, pedía perdón. Entonces, Paredes simulaba tener miedo de él y me decía: ``Caramba, este mozo por poco me mata''; me decía eso después de haberle provocado en duelo a muerte.
Bueno, podría contar muchos recuerdos de ese excelente amigo mío, de ese benévolo asesino que conocí, porque no era otra cosa; pero él murió, murió de muerte natural, cosa que no le hubiera gustado mucho, murió de una comilona, desgraciadamente, el año 1929. A él le gustaban las comilonas. Cuando alguno le preguntaba cómo le había ido en una comilona, decía: "Bueno, di cuenta de dos bifes, un pato asado y de nueve empanadas.'' Era un gastrónomo, además, a su modo. Cuando Paredes murió yo sentía la nostalgia de que Paredes había muerto, de que con él, como diría en una milonga mucho tiempo después, había desaparecido "Aquel Palermo perdido del baldío y del cuchillo". Y entonces pensé que un modo de hacer que muriera menos sería escribir un cuento tejiendo, entretejiendo las diversas anécdotas que él me había contado, y otras que me había contado un tío mío, que conoció ese tipo de vida, que había muerto también, entonces, en el Hotel Doré (ustedes ven que vuelvo siempre a ciertos lugares y a ciertos temas). Me senté a escribir un cuento que obtuvo una fama inmerecida y que se tituló al principio "Hombre de las orillas". Orillas quiere decir los arrabales, no necesariamente del mar sino también las orillas de la llanura, las orillas de la pampa, como dicen los literatos, ya que en el campo nadie conoce la palabra "pampa". Yo no he oído a ningún gaucho usar la palabra "pampa'', eso pertenece a la mitología urbana, tejida por hombres de letras de la ciudad.
Pues bien, yo inventé el argumento; me inspiraron los cuentos de Chesterton, los filmes de Joseph von Sternberg, el recuerdo de Stevenson y, sobre todo, la voz de Paredes, porque quizá la voz de un hombre sea más importante que lo que dice esa voz. Admiraba el uso que de ella hacía Paredes, esa mezcla de sorna y de cortesía, esa humildad exagerada, sobre todo cuando estaba a punto de provocar a alguien a un duelo. Yo quise escribir todo eso, y escribí un cuento que se llamaría después "Hombre de la esquina rosada". Me refería a las esquinas rosadas de los almacenes, a las esquinas rosadas o celestes de las tabernas, de los arrabales de entonces. Desgraciadamente, la gente suele citar mal el título "El hombre de la Casa Rosada", como si se tratara de una sátira al presidente de la República. Pero la verdad es que yo no pensaba entonces en sátiras, yo quería decir el "Hombre de la esquina rosada"; bueno, hombre de la esquina, de la esquina de las orillas, más concretamente yo pensaba en Paredes. Escribí ese cuento y traté de que no fuera real, quise hacer un cuento que fuera como los filmes de Joseph von Sternberg, como los cuentos de Chesterton, como algunos cuentos de Stevenson, quise hacer un cuento en el cual todo fuera escénico y todo fuera visual, en el cual todo sucediera de un modo vivo, es decir, una suerte de ballet más que de cuento. Cuando había escrito una frase, la releía y la releía con la voz de Paredes, y si notaba que alguna frase se parecía demasiado a mí, la borraba y la reemplazaba por otra, pero aun así el cuento quedó lleno de resaca literaria. Ése fue mi primer cuento: "Hombre de la esquina rosada", y lo firmé con el nombre de Bustos, un tatarabuelo mío, porque pensé que tenía derecho a ese nombre que estaba en la familia, y además Bustos y Borges comienzan con B y constan de seis letras. Lo publiqué con ese seudónimo porque pensé que yo era un poeta --yo me creía un poeta entonces-- que se había aventurado en el relato, que era un intruso que no tenía derecho a presentarme como autor de cuentos. Mis amigos me reconocieron inmediatamente a través del disfraz. Luego pensé otra vez en escribir cuentos, pero todavía titubeaba; entonces, escribí un libro que se titula, un poco pomposamente, un poco en broma, Historia universal de la infamia. Ese libro es una serie de biografías de criminales. Yo empiezo siempre por un personaje real, por un tema real, cada dos o tres páginas dejo de transcribir y empiezo a inventar. Sin saberlo, estaba abriéndome camino hasta ser un autor de cuentos, que es lo que soy esencialmente ahora, tanto que mis amigos me aconsejan que abandone la poesía y que vuelva a mi verdadero oficio, a mi verdadero destino, que es el de escribir cuentos. Y así he escrito, digamos, tres libros de cuentos, contando el que está por salir y al que le falta ya muy poco.
Ahora bien, estos libros son libros, en general, de cuentos fantásticos, pero esa fantasía no es una fantasía arbitraria sino necesaria. Voy a referirme a uno que quizás ustedes conozcan, que se titula "Funes el memorioso". Funes el memorioso es un compadrito oriental [uruguayo], un hombre de muy pocas luces que, por una caída de caballo, sufre un accidente terrible: se ve dotado de una memoria infinita. Recuerda no sólo la cara de cada persona que ha visto a lo largo de su vida, sino que recuerda, por ejemplo, que la vio de perfil, luego de medio perfil, luego de frente. Recuerda cómo caían las sombras, recuerda cada árbol que ha visto, la caída de cada hoja, tanto es así que la palabra árbol es demasiado abstracta para él, y quiere inventar un lenguaje infinito. Yo padecía de insomnio entonces, trataba de dormir. ¿Y qué es dormir? Dormir es olvidarse, por eso en buenos Aires, y quizás aquí también, digamos "recordarse" por "despertarse": "que me recuerden mañana temprano". La frase me parece admirable, "que me recuerden", porque cuando uno duerme, y esto lo he dicho en el último poema que he escrito, "El sueño", uno es nadie y luego cuando se despierta ya recuerda que uno es Fulano de Tal, y recuerda las circunstancias de esa vida, las obligaciones que el día impondrá, uno vuelve a dejar de ser "una suerte de Dios infinito", puede ser nada, viene a ser casi lo mismo, puede ser alguien, algo muy concreto, atado a un destino, atado a cierto pasado, atado a ciertas esperanzas, en general fallidas.
Bueno, yo trataba de olvidarme de mí mismo para dormir, pero seguía pensando en mí mismo, acostado, pensaba minuciosamente en mi cuerpo, en los libros, en los muebles, en la habitación, en el patio, en la quinta, en las estatuas de la quinta, en la verja, en las casas vecinas, yo estaba como abrumado por el universo y pensaba también en los astros. Iba más lejos, luego en la ciudad de Buenos Aires, pensaba en las ilustraciones de los libros, no podía olvidarme, y entonces imaginé ese personaje dotado de una memoria infinita, ese personaje que es una metáfora del insomnio, "Funes el memorioso". Yo lo escribí, no sé si bien o mal, pero con un buen resultado curativo, terapéutico, con el resultado de que después de escribir ese cuento deje de sufrir insomnio. El insomnio fue desapareciendo paulatinamente. Ahora vuelvo a sufrir el insomnio, pero no ese insomnio incurable que sufrí entonces. Me figuraba que había un reloj que medía las horas de mi insomnio, un reloj infernal que sigo odiando todavía, aunque ya no existe, que daba la hora, el cuarto de hora, la media hora, el menos cuarto y, después, la otra hora, de modo que yo no podía engañarme diciendo que había dormido, porque ahí estaba el reloj que mostraba inexorablemente lo contrario.
Ese cuento, "Funes el memorioso", puede parecer un cuento fantástico, pero es una metáfora, es mi verdadero insomnio, el que sentí. Luego, el otro tema que vuelve en mi obra es el tema del laberinto. Vuelve demasiado, según han insinuado todos mis críticos, con razón. Con éste pude liberarme de un recuerdo de infancia, un libro sobre la antigüedad helénica con un grabado de acero. Estoy viéndolo ahora. Representa las Siete Maravillas del Mundo, y una de ellas es el laberinto de Creta, que tiene una forma circular y unas rendijas; y yo pensaba, con ayuda de un vidrio de aumento, que yo podía ver el Minotauro que está dentro. Felizmente no logré verlo nunca, aunque pensé mucho en él.
El laberinto es el símbolo viviente de la perplejidad y por eso lo he elegido, porque de las muchas emociones que el hombre siente, la más frecuente en mí es la perplejidad, la maravilla, el asombro, no siempre el maravilloso asombro de Chesterton. Dice Chesterton que "si el sol sale cada mañana es porque Dios es como un niño: el sol sale, Dios se encanta, palmotea y dice: ¡otra vez!" El sol sale cada día por última vez, es algo que seguirá saliendo así infinitamente, y seguirá saliendo infinitamente porque --dice Chesterton-- no somos tan jóvenes como nuestro Padre. Nosotros nos cansamos de la puesta de sol, de la salida del sol, de las cuatro estaciones y de las épocas de la vida del hombre, pero Él no, Él es joven y está eternamente asombrado y quiere que todo se repita.
Y aquí hay una anécdota que refiere Mark Twain: los chicos persiguen a la madre y le piden que les cuente el cuento de Los Tres Osos. La madre dice que está muy ocupada y que no puede contarles el cuento. Los chicos vuelven a la carga: "Mamá, cuéntanos el cuento de Los Tres Osos." La madre se niega, la escena se repite un número indefinido de veces, y al final uno de los chicos le dice: "Mamá, vamos a contarte el cuento de Los Tres Osos...". Es decir, hay un placer, así, en la expectativa, podrá ser el placer de la rima también ¿no?, el placer de la simetría, el placer de que en este caos haya formas regulares.
He hablado de la génesis de ese cuento, y luego hay otra idea, otra superstición que me ha acompañado también a lo largo de los libros que he escrito: la idea de que el coraje de un hombre, la destreza de un hombre, se pasa de algún modo al arma que usa, es decir, que el arma queda llena del coraje de ese hombre. Esta mañana tuve el placer, tuve la emoción que llegó hasta el llanto, de oír, en ese generoso homenaje de la Televisión Española, que se recitó un verso mío en el que me acordé de Muraña, que fue guardaespaldas de Paredes, y digo: "Algo de Muraña / ese cuchillo de Palermo..." Tengo un cuento titulado "Juan Muraña", en que lo identifico a él en el cuchillo. Muraña (yo le conocía de vista) ha muerto en el cuento. Queda su viuda, queda su mujer, van a rematarles la casita, la modesta casita en que viven, y ella dice: "No, Juan va a ayudarme, Juan no va a dejar que el gringo nos haga esto." El gringo es el dueño de la casa, un italiano que vive en el otro extremo de la ciudad, en Barracas, o sea que el cuento es en Palermo; y luego lo apuñalan al gringo y al final se descubre, ya lo habrán adivinado ustedes, que la vieja, medio loca, lo ha hecho. Ha salido una noche, Muraña una vez más atravesó toda la ciudad para apuñalar a un enemigo, y ella ha repetido ese trayecto y lo ha matado. ¿Cómo lo ha matado? No con la flaqueza, no con la fuerza de sus flacas manos viejas, sino con la fuerza que estaba en el cuchillo, y ella al hablar de Juan quería decir "cuchillo'', porque lo había identificado con el cuchillo, con ese cuchillo que guardaba tantas muertes, y que después de la muerte de la mano que lo usó fue capaz de una muerte más. Esa idea de las armas que pelean solas está en otro cuento, que se titula, creo, "El encuentro". Ahí la historia es un poco distinta. Se trata de dos cuchilleros, uno del Norte de Buenos Aires, otro del Oeste o del Sur. Esos dos hombres tienen nombres parecidos y los confunden, y eso les molesta. Uno se llama Almara y otro Almeira, o más parecidos quizá, no recuerdo los detalles. Esos dos hombres se han buscado a lo largo de los caminos, de los caminos polvorientos, de las monótonas llanuras que los literatos llaman la pampa, para pelearse. Y han muerto. Uno de muerte natural, al otro le mató un balazo, un balazo disparado por alguien que no era el hombre que él buscaba. Luego, en el cuento hay alguien que colecciona armas, y dos jóvenes, dos jóvenes grandes, dos "niños bien", dos "niños góticos", creo que decían aquí antes, de Buenos Aires. Se desafían a duelo y las únicas armas que hay en la casa son esos viejos cuchillos rústicos, cada uno de los cuales debe muertes, y a uno le toca el cuchillo de uno de los gauchos muertos y al otro el otro, y cuando empiezan a pelear no saben cómo hacerlo, ni siquiera saben que el cuchillo debe apuntarse hacia arriba, pero poco a poco ocurre algo que no se dice del todo, que se sugiere al fin, y es que los cuchillos son los que pelean, y el más valiente muere a manos del más cobarde, porque el más cobarde tenía el cuchillo que era del más valiente. Es la misma idea, una variante de la misma idea.
Puedo recordar otro cuento mío, "El Aleph". Yo había leído en los teólogos que la eternidad no es la suma del ayer, del hoy y del mañana, sino un instante, un instante infinito, en el cual se congregan todos nuestros ayeres como dice Shakespeare en Macbeth, todo el presente y todo el incalculable porvenir o los porvenires. Yo me dije: si alguien ha imaginado prodigiosamente ese instante que abarca y cifra la suma del tiempo, ¿por qué no hacer lo mismo con esa modesta categoría que es el espacio? Y entonces imaginé que en esa casa había un sótano, y en ese sótano un pequeño objeto luminoso, mínimo, circular... tenía que ser circular para ser todo. El anillo es la forma de la eternidad, que abarca todo el espacio, y al abarcar todo el espacio abarca también el pequeño espacio que ocupa, y así en "El Aleph" hay un "Aleph" --porque esa palabra hebrea quiere decir círculo--, y en ese Aleph otro Aleph, y así infinitamente pequeño, esa infinitud de lo pequeño que asustaba tanto a Pascal. Bueno, yo simplemente apliqué esa idea de la eternidad al espacio. Inventé la historia del Aleph, le agregué detalles personales, por ejemplo, una mujer que yo quise mucho, y que no me quiso nunca y que murió. Le di un hermoso nombre, la llamé Beatriz Viterbo. Cambié un poco las circunstancias, y aquí hay un pequeño hecho sobre el que yo querría llamar la atención de ustedes, y es que si uno no cambia ligeramente las cosas uno se siente insatisfecho. Por ejemplo, si algo ocurre en algún barrio y uno lo escribe, es mejor cambiarlo a otro barrio que no sea demasiado distinto, los nombres de los personajes ya se saben, las circunstancias también. Uno está obligado a esas pequeñas invenciones para no ser un mero historiador, un mero registrador de hechos ocurridos, salvo que los grandes historiadores son grandes novelistas. Dijo Stevenson que los problemas, las dificultades de Tácito o de Tito Livio al escribir su historia, fueron del mismo género que las dificultades de un novelista o cuentista. Contar hechos reales ofrece las mismas dificultades que contar hechos imaginarios, a la larga no podemos distinguir entre ellos.
He hablado un poco al azar de mis cuentos. Hay otros cuentos cuyas circunstancias no recuerdo, y les propongo algo, no sé si habrá tiempo o no sé si ustedes tienen ánimo para hacerlo, les propondría a ustedes que dejáramos este tedioso rito de una conferencia, de un orador, y conversáramos, es decir, si alguno de ustedes quiere preguntarme algo, yo me sentiría muy contento en pasar de la conferencia, que es un género artificial, al diálogo, que es un género natural. Estoy esperando alguna pregunta de ustedes y pido que no sean tímidos, porque a tímido nadie me gana. Empiece el Juicio Final, empiece el Catecismo, la Inquisición.
16-6-96.La Jornada, México.
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-Un argumento
He imaginado el argumento de una novela que por razones de ceguera, y de ocio no escribiré, y, que sería el reverso de la admirable Guerra del Cerdo de Bioy Casares. El tema de ese libro es una conjuración de los jóvenes contra los viejos, el tema del mío, cuya redacción queda a cargo de cualquiera de mis lectores, es una conjuración de los viejos contra los jóvenes, de los padres contra los hijos. Examinemos las diversas y atroces posibilidades de ese argumento, que acaso nadie escribirá. Ojalá nadie, ya que sería un libro muy triste. Quizá lo habría aceptado León Bioy.
¿Qué fecha conviene elegir? Si es muy remota el lector sentirá que es cifra de un tiempo que no podemos imaginar o que sólo podemos imaginar, de manera vaga y errónea, si optamos por el hoy, el lector se convertirá fatalmente en un inspector de equivocaciones. El dilema del tiempo se repite en lo que se refiere al espacio. Digamos, "pues, Lomas de, Zamora o Morón, en el último o penúltimo decenio del siglo diecinueve.
¿Cuántos personajes convienen? El argumento, una vez fijado, nos dará una cifra aproximativa; de antemano repruebo las muchedumbres de la novela rusa. Digamos nueve o diez, ya que nuestro plan requiere individuos de dos generaciones. De esos nueve o diez, dos deben parecerse para que el lector los confunda y se figure a muchos innominados.
Los esenciales protagonistas de la obra son los ancianos. Deben ser muy diversos; más allá de las necesidades argumentales deben ser quienes son. También podrían ser vagos, también podrían arrojar un indefinida sombra temida. Algunos, postrados o impotentes o enfermos, envidian la salud normal de los jóvenes otros avaros, no quieren que sus hijos hereden la fortuna que les ha costado tanto trabajo; otro, frustrado, no se resigna a la buena suerte del hijo; uno, sereno y lúcido, piensa sinceramente que los jóvenes pueden ser presa de cualquier fanatismo y son incapaces de la cordura. En el decurso de esas páginas todavía no escritas, los jóvenes pueden ser cómplices de los viejos que han resuelto destruirlos. Un anciano, desde la pobre habitación en que está muriéndose ordena a su hijo el envenenamiento de un compañero, con un pretexto más o menos creíble: el hijo obedece sin sospechar que él será también una víctima. La obra podría comenzar por este sórdido episodio. Podría asimismo comenzar describiendo a un anciano que largamente vela el sueño de su hijo; los capítulos ulteriores nos llevarán a comprender la causa. Este argumento de hombres débiles y malvados, que se juntan, acaso odiándose, para ultimar a jóvenes fuertes, corre el albur de parecer ridículo y de provocar la parodia; el deber del autor, del eventual autor, es hacerlo atroz. La flaqueza de los verdugos, el hecho de que tengan que ser muchos para matar a uno, les impone la obligación de ser espantosos y al mismo tiempo dignos de lástima, ya que se entiende que los años les han dado locura.
Un padre puede convertir a su hijo e iniciarlo en la secta, para sacrificarlo después. Los primeros capítulos registrarán muertes misteriosas; los últimos, como en la obra ejemplar de Bioy, nos darán la clave. Alguna vez asistiremos a un conciliábulo, interrumpido por la brusca entrada de un joven. Un padre denuncia a las autoridades el asesinato de su hijo; el culpable es él o sus cómplices. Un personaje alude al trunco sacrificio de Abraham o al canto trigésimo tercer del Inferno. Al borde del suicidio, un hombre joven acepta con alivio la sentencia de los mayores.
Quizá convenga renunciar al concepto de una conspiración y reducir a dos el número de los protagonistas. Uno, el anciano que comprende que aborrece a su hijo; el otro, el hijo que se sabe odiado y culpable. La novela concluye cuando el fin no ha llegado aún. Ambos esperan.
3-4-83, El Colombiano.
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-Alguien sueña
Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? Ha soñado cosas atroces. Ha soñado la certidumbre, que enciende cruzadas y hogueras. Ha soñado la aniquilación de Cartago por el incendio y por la sal. Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso. Ha soñado la palabra, ese obstinado y rígido símbolo. Ha soñado la dicha que tuvimos o que ahora soñamos haber tenido. Ha soñado la ética y las metáforas del más extraño de los hombres, el que murió una tarde en una cruz. Ha soñado que en las batallas los tártaros cantaban. Ha soñado la música, que puede prescindir del espacio. Ha soñado el arte de la palabra, aún más misterioso que el de la música, porque incluye la música. Ha soñado el libro, ese espejo que siempre nos revela otra cara. Ha soñado las caras de tus muertos, que ahora son empañadas fotografías. Ha soñado a Walt Whitman, que decidió ser todos los hombres, como la divinidad de Spinoza. Ha soñado a los griegos, que descubrieron el diálogo y la duda. Ha soñado la luna y los tres hombres que caminaron por la luna. Ha soñado la enumeración que los tratadistas llaman caótica y que, de hecho, es cósmica, ya que todas las cosas están unidas por vínculos secretos. Ha soñado que la flor del higo es secreta. Ha soñado una cuarta dimensión. Ha soñado los números transfinitos, a los que no se llega contando. Ha soñado a Yorik, que vive para siempre en unas palabras del ilusorio Hamlet. Ha soñado el Plata y el Ródano, que son nombres del agua. Ha soñado a Blake, que soñó a unas muchachas de suave plata o de furioso oro. Ha soñado el calidoscopio, grato a los ocios del enfermo y del niño. Ha soñado la máscara de hierro. Ha soñado las formas universales. Ha soñado que a lo largo de los veranos, o en un cielo anterior a los veranos, hay una sola rosa. Ha soñado la brújula y el cristal, el cáncer y la rosa, las campanadas del insomnio y el ajedrez. Ha soñado la muerte de Julieta y la muerte de Indira. Ha soñado el espejo en el que Francisco López Merino y su imagen se vieron por última vez. Ha soñado el cero y la nada. Ha soñado al primero que en el trueno oyó el nombre de Thor. Ha soñado los reyes de la baraja. Ha soñado los signos que trazará el escriba sentado. Ha soñado el fin y el principio del fragmento de Finsburh. Ha soñado el ancla profunda. Ha soñado el mar y la lágrima. Ha soñado una esfera de marfil, que guarda otras esferas. Ha soñado el desierto. Ha soñado el alba que acecha, Ha soñado a Alguien que lo sueña.
16-12-84, La Nación, Argentina.

CARTA ABIERTA A “LA PÚA” 1


Señor don Evar Méndez.

Querido Evar: Un libro —y sobre todo un libro de poemas— debe justificarse por sí mismo, sin prólogos
que lo defiendan o lo expliquen.
Tú insistes, sin embargo, en la necesidad de que lleve uno la presente edición.
Eludo y condesciendo a tu pedido, apuntándote la carta que envié a “La Puá”, desde París; carta cuyo
ingenuo escepticismo podrá, actualmente, hacernos sonreír, pero que tiene, al menos, la ventaja de haber
sido escrita contemporáneamente a la publicación de mis 20 poemas.
Te abraza
O.G.

¡Qué quieren ustedes!... A veces los nervios se destemplan... Se pierde el coraje de continuar sin hacer
nada... ¡Cansancio de nunca estar cansado! Y se encuentran ritmos al bajar la escalera, poemas tirados en
medio de la calle, poemas que uno recoge como quien junta puchos en la vereda.
Lo que sucede entonces es siniestro. El pasatiempo se transforma en oficio. Sentimos pudores de preñez.
Nos ruborizamos si alguien nos mira la cabeza. Y lo que es más terrible aún, sin que nos demos cuenta, el
oficio termina por interesarnos y es inútil que nos digamos: “Yo no quiero optar, porque optar es osificarse.
Yo no quiero tener una actitud, porque todas las actitudes son estúpidas... hasta aquella de no tener
ninguna”...
Irremediablemente terminamos por escribir: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.
¿Voluptuosidad de humillarnos ante nuestros propios ojos? ¿Encariñamiento con lo que despreciamos?
No lo sé. El hecho es que en lugar de decidir su cremación, condescendemos en enterrar el manuscrito en un
cajón de nuestro escritorio, hasta que un buen día, cuando menos podíamos preverlo, comienzan a salir
interrogantes por el ojo de la cerradura.
¿Un éxito eventual sería capaz de convencernos de nuestra mediocridad? ¿No tendremos una dosis
suficiente de estupidez, como para ser admirados?... Hasta que uno contesta a la insinuación de algún amigo:
“¿Para qué publicar? Ustedes no lo necesitan para estimarme, los demás...”, pero como el amigo resulta ser
apocalíptico e inexorable, nos replica: “Porque es necesario declararle como tú le has declarado la guerra a
la levita, que en nuestro país lleva a todas partes; a la levita con que se escribe en España, cuando no se
escribe de golilla, de sotana o en mangas de camisa. Porque es imprescindible tener fe, como tú tienes fe, en
nuestra fonética, desde que fuimos nosotros, los americanos, quienes hemos oxigenado el castellano,
haciéndolo un idioma respirable, un idioma que puede usarse cotidianamente y escribirse de «americana»,
con la «americana» nuestra de todos los días...” Y yo me ruborizo un poco al pensar que acaso tenga fe en
nuestra fonética y que nuestra fonética acaso sea tan mal educada como para tener siempre razón... y me
quedo pensado en nuestra patria que tiene la imparcialidad de un cuarto de hotel, y me ruborizo un poco al
constatar lo difícil que es apegarse a los cuartos de hotel.
¿Publicar? ¿Publicar cuando hasta los mejores publican 1.071% veces más de lo que debieran publicar?...
Yo no tengo, ni deseo tener, sangre de estatua. Yo no pretendo sufrir la humillación de los gorriones. Yo no
aspiro a que me babeen la tumba de lugares comunes, ya que lo único realmente interesante es el mecanismo
de sentir y de pensar. ¡Prueba de existencia!
Lo cotidiano, sin embargo, ¿no es una manifestación admirable y modesta de lo absurdo? Y cortar las
amarras lógicas, ¿no implica la única y verdadera posibilidad de aventura? ¿Por qué no ser pueriles, ya que
sentimos el cansancio de repetir los gestos de los que hace 70 siglos están bajo la tierra? Y ¿cuál sería la
razón de no admitir cualquier probabilidad de rejuvenecimiento? ¿No podríamos atribuirle, por ejemplo,
todas las responsabilidades a un fetiche perfecto y omnisciente, y tener fe en la plegaria o en la blasfemia, en
el albur de un aburrimiento paradisíaco o en la voluptuosidad de condenarnos? ¿Qué nos impediría usar de
las virtudes y de los vicios como si fueran ropa limpia, convenir en que el amor no es un narcótico para el
uso exclusivo de los imbéciles y ser capaces de pasar junto a la felicidad haciéndonos los distraídos?
Yo, al menos, en mi simpatía por lo contradictorio —sinónimo de vida— no renuncio ni a mi derecho de
renunciar, y tiro mis Veinte poemas, como una piedra, sonriendo ante la inutilidad de mi gesto.

OLIVERIO GIRONDO

París, diciembre, 1922.

1 Buenos Aires, agosto 31 de 1925.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Carta de Erasmo de Rotterdam a Tomas Moro


A manera de prólogo

En mi pasado viaje que realice de Italia a Inglaterra, no quise perder tiempo en conversaciones superficiales y de poco valor. Fue mi deseo permitir a mi pensamiento el reflexionar sobre nuestros intereses comunes, y así, disfrutar del recuerdo de los sabios y amables amigos que había dejado en la Isla. Y entre ellos, mi querido Moro, tú ocupabas el primer lugar; ya que tu recuerdo ha quedado en mi marcado, igual o más que cuando gozaba de tu compañía. Y te puedo jurar que nada me gusta más que una amistad como la tuya.
Sin embargo, me di cuenta de que algo tenía que hacer, aunque las condiciones no fuesen las idóneas para una seria reflexión.
Fue entonces que busque distraerme intentando el Encomio de la estupidez (En sí, aunque este trabajo ha pasado a la historia con el título de Elogio a la locura, lo correcto sería utilizar este título de Encomio de la estupidez. Anotación de Chantal López y Omar Cortés).
Tal vez me preguntes: ¿qué diosa te metió en la cabeza tal idea?
Pues bien, te diré, al igual que tu apellido Moro, pareciese estar ligado al vocablo griego moría, en realidad estás lejísimos de su significado. Así, me pareció que un juego de palabras te caería bien, puesto que, si no me equivoco, te agrada ese tipo de humor en que está presente el talento y la sutileza.
Tampoco me has de negar que en las cosas de la vida diaria te agrada emparentarte a Demócrito. Tu original y perspicaz ingenio te aleja de lo común. Sin embargo, tus finos y cordiales modales tienen la extraña habilidad de facilitarte la amistad de todos los hombres y divertirte con ellos.
Por lo tanto, no puedo dudar el que recibirás con alegría este pequeño escrito, con agrado. De igual manera, tampoco dudo que estarás dispuesto a defenderlo. Te lo dedico; es tuyo, y no mío. Y ello aunque estoy seguro que no faltarán los criticones que se apresurarán a reprobarlo. Habrá quien diga que mis pequeñeces son bastante superficiales para un teólogo. Otros, de seguro, juzgarán que el sarcasmo se apiada poco del decoro cristiano, y gritarán que estamos resucitando la Comedia Antigua o a Luciano, y que, por ende, nos burlamos y ofendemos todas las cosas.
Sin embargo, y es bueno tenerlo en cuenta, aquellos que se sientan ofendidos por la superficialidad y la burla que digan percibir, bueno sera que piensen que yo no soy el creador de este género; antes, pero mucho antes que yo, igual hicieron famosos autores en el pasado. Hace mucho tiempo que Homero se carcajeó, en la Batracomiornaquia; Virgilio en su Mosquito y la Salsa de Ajo; Ovidio en La nuez. Se tiene conocimiento que Polícrates realizó el elogio del tirano Busiris, haciendo lo mismo su crítico Isócrates; Glauco engrandeció la injusticia; Favorino levantó por los cielos a Tersites y a las fiebres cuartanas. Sinesio hizo múltiples alabos de la calvicie y Luciano de las moscas y de los parásitos. Séneca llegó al extremo de burlarse del emperador Claudio en laApoteosis, y lo mismo hizo Plutarco en su diálogo con Grilo y Ulises. Luciano y Apuleyo escribieron de manera burlona sobre el burro. Y también hubo quien, de cuyo nombre no me acuerdo, nos transmitio la última voluntad y testamento del cochinito Grunnius Corocoa. Esto último lo señalo basándome en lo dicho por San Jerónimo.
Asi, si les parece que me he divertido jugando a las damas, o cabalgando en mi escoba, me da lo mismo. ¿No es obviamente más injusto dejar que cada uno se divierta como quiera y se critique a los estudiosos, sobre todo, cuando la burla puede llevar a algo serio? ¿Acaso no pueden permitir las bromas que cualquier lector que no sea tonto aproveche los argumentos oscuros y caprichosos de personas que conocemos? Tal cosa sucede con quienes no dejan de proclamar pomposamente las excelencias de la retórica o de la filosofia, o del que defiende a un príncipe, y del que hace apología de la guerra contra el turco.
También, hay quienes adivinan el futuro, o bien se enroscan en una serie de disparatadas discusiones partiendo la lana de las cabras.
Ciertamente no hay nada más superficial que tratar las cosas serias en broma; pero, de igual manera, nada es más divertido que tratar los temas superficiales y banales de manera que parezca que no lo son. La gente puede, opinar lo que quiera. Sin embargo, si mi amor propio no me engaña, mi elogio de la tontería no ha sido tan vano.
Ahora pasaré ha contestar acerca de la ironía que se me atribuye. Yo afirmo que el ingenio siempre ha disfrutado de libertad para entrometerse con la vida de los hombres; claro está, siempre que se mantenga dentro de límites razonables. Por lo tanto, realmente me sorprende la hipersensibilidad de algunos hombres, a quienes ofende todo lo que no sean alabanzas. También se da el caso de gente con un sentido religioso tan viciado que soportan más las blasfemias contra Cristo que el más ligero chiste sobre el Papa o el príncipe, sobre todo si, por tal chiste, creen amenazado su pan de cada día. Entonces yo pregunto: criticar la vida de los hombres ¿es un sarcasmo o más bien advertencia o consejo? ¿No practico yo la autocrítica sobre mis muchas faltas? Por tanto, cuando no se excluye a ningún hombre, es claro que se censuran todos los vicios y no los de un solo individuo. Quien se ofende por haber sido criticado, está evidenciando su culpabilidad, o, por lo menos, sus temores. Es en este sentido que San Jerónimo se manifestó con más libertad y sarcasmo, incluso a veces mencionando nombres. En cambio, yo he buscado evitar el citar nombres, aplacando mi pluma de tal modo que cualquier lector perspicaz puede advertir que mi propósito es más bien agradar que ofender. En ningún momento me he propuesto imitar el ejemplo de Juvenal, que se complace en revolver la oculta cloaca de los vicios; más bien he tratado de mostrar los aspectos risibles que los reprochables. Si alguien no acepta estas razones, que sepa que es un honor ser criticado por la estupidez. Así, si la hemos dejado hablar, había que darle la oportunidad de hacerlo con prudencia. Pero ¿para qué digo esto a un abogado tan destacado como tú, que podría defender perfectamente las causas no tan nobles?

Adiós, distinguidísimo Moro, y defiende tu Estupidez con pasión.

En el campo, 9 de junio de 1508.

Carta de Tomás Moro, escrita en la cárcel a su hija Margarita


Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.
Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.
No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.
Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.
Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.
Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.

Oración

Señor, tú has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de san Juan Fisher y de santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo.

Carta de Vasco Núñez de Balboa al Rey de España (16 de octubre de 1515)


Cristianísimo y muy poderoso príncipe Rey nuestro Señor:

En el mes de Abril de quinientos y quince escribí a Vuestra majestad una carta y otras dos veces antes haciendo saber a Vuestra real Alteza las cosas que acá han sucedido desde que aquí llegó el gobernador Pedrarias de Ávila con la armada y así mismo suplicando a Vuestra Majestad mandase que viniese aquí una persona para que tomase información de todas las cosas que acá sucedido hasta ahora porque está de tal manera la tierra que cumple mucho servicio de Vuestra Real Alteza poner término antes que se pierda todo, porque están ya las cosas en tal estado que el que las hubiere de tornar a poner en el estado en que solían estar le cumple no echarse a dormir ni descuidarse porque adonde los caciques e indios estaban como ovejas se han tornado como leones bravos y han tomado tanto atrevimiento que otros tiempos solían salir a los caminos con presentes a los cristianos y ahora salen a los saltear y los matan reciamente y esto ha sido a causa del mal tratamiento que los Capitanes que han andado fuera en las entradas les han hecho porque no ha bastado tomarles las haciendas sino los hijos y mujeres chicos y grandes de lo cual Dios Nuestro Señor ha sido muy deservido y Vuestra Alteza y demás del deservicio Vuestra Real Alteza ha perdido mucha cantidad de sus Rentas, lo cual de antes estaba enhilado de tal manera que de aquí adelante se hubiera mucho provecho porque en la tierra hay que a Dios gracias.

jueves, 2 de diciembre de 2010

CARTA ABIERTA A ARACELI VILELLA DE LA ASOCIACIÓN CLARA CAMPOAMOR


La Asociación de Mujeres Clara Campoamor de Orihuela lamenta el hecho de tener que salir una vez más a denunciar una iniciativa retrógrada por la utilización de la mujer en un record absurdo como es el de reunir al menos a 2.000 chicas en bikini para llevar a cabo una sesión fotográfica y espera una manifestación pública de condena por parte de esa concejalía. Esta asociación considera incongruente el hecho de presidir una Mesa de Mujeres cuyo objetivo prioritario es el trabajo por la Igualdad y contra la Violencia de Género y a la vez tolerar -si no amparar- actos de este tipo.
Estamos seguras de que la voz institucional de las mujeres que Vd. representa, no consentirá que pase como un acto lúdico e inocente lo que es un acto agresivo e insultante por la utilización, una vez más, de la imagen de la mujer como reclamo publicitario-sexual, hecho que tantas veces hemos denunciado.
Nos parece que no todo vale para potenciar el turismo y que iniciativas de esta naturaleza no deben tener cobertura alguna por parte de las instituciones.
Haga oír nuestra voz con la contundencia que el acto merece.