martes, 9 de febrero de 2010

Cartas filosóficas. Segunda carta: Sobre los cuáqueros


Voltaire

Esta fue, más o menos, la conversación que sostuve con aquel hombre singular. Pero mi sorpresa fue mayor al domingo siguiente, cuando me llevó a la iglesia de los cuáqueros. Estos poseen varias capillas en Londres; la que yo visité se encuentra cerca del famoso pilar llamado «El Monumento». Cuando entré, conducido por mi amigo, estaban ya todos reunidos. En la iglesia habría alrededor de cuatrocientos hombres y trescientas mujeres; éstas ocultaban sus semblantes detrás de sus abanicos; los hombres cubrían sus cabezas con grandes sombreros; todo el mundo estaba sentado y guardaba un profundo silencio. Pasé entre los fieles y ninguno levantó su vista hacia mí. El silencio se prolongó durante un cuarto de hora. Por fin uno de ellos se levantó, se quitó el sombrero, y después de algunas muecas acompañadas de suspiros recitó, medio con la boca, medio con la nariz, un galimatías que creía extraído del Evangelio, pero que ni él ni nadie entendía. Después que el contorsionista hubo terminado su monólogo y la Asamblea se hubo dispersado, edificada y entontecida, pregunté a mi buen hombre por qué los más sabios de entre ellos tenían que aguantar semejantes estupideces, a lo cual me contestó:
-Tenemos que tolerarlas porque cuando un hombre se pone en pie para hablar no podemos saber si es la inteligencia o la locura lo que le mueve; en la duda, escuchamos pacientemente y hasta permitimos hablar a las mujeres. A veces, dos o tres de nuestras devotas se sienten inspiradas al mismo tiempo y entonces sí que la casa del Señor se llena de ruido.
-¿No tenéis sacerdotes? -le pregunté.
-No, amigo mío -replicó el cuáquero--, y nos encontramos muy contentos de ello. No quiera Dios que nos atrevamos a ordenar que alguien reciba al Espíritu Santo los domingos, excluyendo a los demás fieles. Gracias a Dios somos los únicos en el mundo que no tenemos sacerdotes. ¿Querrías tú quitarnos distinción tan honrosa? ¿Por qué razón deberíamos entregar nuestro hijo a una nodriza mercenaria cuando tenemos leche suficiente para alimentarlo? Esas mercenarias dominarían enseguida la casa, sometiendo a madre e hijo. Dios dijo: «Habéis recibido gratuitamente, dad también gratuitamente». Después de una declaración así, ¿podríamos comerciar con el Evangelio, vender el Espíritu Santo y transformar una asamblea de cristianos en una tienda de mercaderes? Nosotros no damos dinero a unos hombres vestidos de negro para que asistan a nuestros pobres, entierren a nuestros muertos y prediquen a los fieles; estos oficios santos nos son demasiado queridos como para dejar que otros los realicen.
-¿Pero cómo podéis saber si es realmente el espíritu de Dios el que inspira vuestros discursos? -insistí.
-Quienquiera que ruegue a Dios para que lo ilumine, quienquiera que anuncie las verdades evangélicas como él las siente, puede estar seguro que es Dios quien lo inspira.
Dicho esto, me abrumó con citas de las Escrituras que demostraban, en su opinión, que no puede haber cristianismo sin revelación inmediata, y añadió estas notables palabras:
-¿Cuando mueves uno de tus miembros es tu propia fuerza quien lo impulsa? No, sin duda, pues a menudo ese miembro tiene movimientos involuntarios. El que creó tu cuerpo es el que anima ese cuerpo de barro. y las ideas que recibe tu alma, ¿eres tú quien las forma? Todavía menos, pues ellas nacen a tu pesar. El creador de tu alma es quien te da tus ideas, pero como le ha dado libertad a tu corazón, da a tu espíritu las ideas que aquél merece. Tú vives en Dios, actúas y piensas en Dios. No tienes más que abrir los ojos a esta luz que ilumina a los hombres; entonces verás la verdad y la harás conocer .
-¡Ah! -exclamé-, esto parece dicho por el padre Malebranche.
-Conozco a tu Malebranche -dijo--. Era un poco cuáquero, pero no lo bastante.
Estas son las cosas más importantes que aprendí sobre la doctrina de los cuáqueros. En la primera carta encontraréis su historia, que seguramente os parecerá todavía más singular que su doctrina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario